Revista #18

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Indice

Editorial

Articulo

Editorial
Escrito en la muerte de Fernando Charra Lara.
Hernando Valencia Goelkel o la lección del maestro
Pedro Alejo Gómez

7

Presentación de la Obra poética completa de Aurelio Arturo
– Aurelio Arturo
– Retrato de Arturo
– Aurelio Arturo: un aroma de grandeza que brota incesante de un frasco muy pequeño
– Hace siglos la luz es siempre nueva
 

Fernando Charry Lara
Mario Rivero

Enrique Santos Molano
Hernando Cabarcas Antequera

11

Colección privada Ramón Cote Baraibar

36

XII Festival Internacional de Poesía de Bogotá Miguel Méndez,
Felipe Agudelo Tenorio,
Guadalupe Elizalde,
Nuvia Estévez,
Rubén Darío Flórez,
León Plascencia Ñol,
Jaime Quezada,
Mercedes Roffé,
Osvaldo Sauma,
Miguel Angel Zapata
42
Un solo incendio por la noche Jorge Gaitán Durán 61
Lectura antológica Piedad Bonnett 74
Lectura de poemas inéditos José Emilio Pacheco 83
XIV Festival Internacional de Poesía de Medellín en Bogotá Nidda Khoury
Achour Fenni
Iren Baumann
María Rosa Lojo
Etnairis Rivera
Marcelo Morales
Edmundo Perry
95
Poesía completa y cinco poemas inéditos María Mercedes Carranza 106
Luis Vidales, ayer, hoy y siempre Juan Manuel Roca 116
II Encuentro Hispanocrítico: Neruda 100 años Fernando Charry Lara
Nicolás Suescún
Piedad Bonnett
121
Tres poetas, tres libros
-Presencias
– Las lunas de Chía
– País íntimo
Celedonio Orjuela
Evelio José Rosero
Hernán Vargascarreño

 

160
Poemas para los Jóvenes Alzados en Almas   171
Colección de Poesía Los Conjurados Gonzalo Márquez
Amparo Osorio
Mauricio Contreras
Germán Villamizar
Hernando Guerra
Juan Sebastían Gaviria
Enrique Rodríguez
192
II Concurso Nacional de Traducción de Poesía Francesa
– Lire in Fete
– Una mirada a la poesía francesa
– La poesía francesa contemporánea
Fernando Toledo
Juan Manuel Roca
Piedad Bonnett
197
Tendencias de la poesía contemporánea de la India Shyama Prasad Ganguly 217
Balada de la Gran Señora Mario Rivero 229
La poética de la luz en la odisea de René Rebetez Juan Carlos Moyano 241
Las hipótesis de nadie Juan Manuel Roca 247
Trilogía poética de las mujeres en Hispanoamérica: pícaras, místicas y rebeldes Matilde Espinosa
Beatriz Zuluaga
Luz Helena Cordero
Dora Castellanos
Andrea Cote
266
Jean Genet, el deshabitado Celedonio Orjuela

272

La Casa gira Henry Luque Muñoz
Nicolás Suescún
Jotamario Arbeláez
Juan Felipe Robledo
283
Premio Nacional de Poesía José Asunción Silva, 2004
Poemas
Giovanni Quessep 312
Apéndice   319

ESCRITO EN LA MUERTE DE FERNANDO CHARRY LARA

Palabras pronunciadas por Pedro Alejo Gómez V.,
Director de la Casa de Poesía Silva,
el 31 de julio de 2004, en las exequias del maestro Fernando Charry Lara

I

También la poderosa muerte es vulnerable.
Fuera de su alcance quedan -intactos- los 39 exactos poemas que Fernando Charry Lara escribió. Y al lado de ellos, paralela en importancia, su obra crítica.
Sería trivial afirmar que su obra es breve. Su hondura la despoja de toda brevedad.
Hay -sin duda- una verdad poética, antagónica del ingenio. Hay, también, alumbrada por ella, una reflexión poética.
Su poesía debe medirse por la verdad poética que contiene. Toda otra referencia le es adjetiva. Más todavía que estilo, hay en ella, del comienzo al final, reflexión poética sobre esa verdad.
De ahí su pureza. De ahí su coherencia prodigiosa, su singularidad central y su importancia más allá del alcance de la duda.
Nadie afirme que la verdad es breve.

II

Consta en ella el tamaño de las palabras. Las mínimas palabras son inmensas.
Aun los templos y los edificios mayores aspiran a la condición de las modestas palabras cuya dimensión les falta. Prueba son los tantos desaparecidos sin que la palabra para nombrarlos haya sufrido mella.
De ahí esa precisión de geómetra que hay en la poesía de Fernando Charry Lara y ese rigor de astrónomo asombrado a sabiendas de que la ausencia de una estrella colapsaría el universo.
Su obra es la poesía como conocimiento. Por eso es tan lúcida. Y, a fuerza de lucidez, tan libre y compasiva.
Y tan parecida a él. Indeleble y llena de dignidad.

La grande poesía tiene un fulgor de relámpago. No esquiva nada. Igual que la luz.
Queda -feroz, como prueba de ello- Llanura de Tulúa y queda la vida, en la distancia entre el pesimismo y la lucidez. Queda -la salvación por el conocimiento- en la expresión de Hermann Broch.

III

Sólo la memoria nos salva del tiempo. Tal vez la primera plegaria del hombre fue el primer recuerdo.
Ahora él es recuerdo.
Pero fue.
Fue cierto que hablaba en limpio. Fueron ciertos ese humor tan suyo con el que nos habitaba y que hace tan hospitalario su recuerdo, y esa inteligencia y generosidad de espíritu que lo hacen central, imprescindible.
Fueron ciertos su calma atenta, su alegría inteligente y la gabardina fiel y la vasca, tan suyas como la risa entrecerrando los ojos encogiéndose de hombros. Y fue cierta esa memoria suya, prodigiosa, en la que las cosas volvían a ocurrir idénticas al punto de fundar el temor de que no pudiera regresar extraviado en la precisión de sus propios recuerdos.

Y fue cierta esa dignidad suya con la que ejercía íntimamente la libertad y de la que surgía su humor, fundado en ella con tanta verdad.

Hay recuerdos como el de su persona, el de su trato, que pueden, consultarse igual que libros.
El tiempo huye y permanece.

IV

» La existencia está torcida», declaró Buda. Su muerte lo recuerda.
Hoy, la muerte, levemente -nunca es más- también, como nosotros todos se inclina.

RAMON COTE,

Coleccción Privada

Hace 20 años, en 1984, Arnao Ediciones de Madrid publicó uno de los más notables primeros libros de la poesía colombiana, Poemas para una fosa común. En ese momento Ramón Cote tenía 21 años, estudiaba historia del arte en esa ciudad, era un devoto de la religión de la pintura y ejercitaba su culto con fervorosas visitas al templo mayor, el Museo del Prado. Ese casi adolescente había escrito un libro que tenía la no muy frecuente y definitiva cualidad de contener hermosos poemas. Era un primer libro pero no era un libro primerizo, pues ya en él se notaba un trabajo de taller serio y gozoso, una clara conciencia del poder de la palabra que, en su momento, destacó Santiago Londoño: «Aquí la poesía es forma hecha de imágenes que crean un espacio, evocan un sentimiento, establecen una simbología. No comunica ni encierra ‘mensaje’. Despierta, acaso, emociones. Registra un instante, el del poema, que pasa por los ojos, la memoria, la imaginación, el conocimiento. Es la embriaguez del verbo, no hecho carne, sino aire estremecido»

Su libro siguiente, El confuso trazado de las estaciones (1991), leído en la perspectiva de hoy, abre un ciclo que continuará con El estado de los trenes en la antigua estación de Las Delicias (1992) y Botella papel (1999). El hilo conductor de este período tiene que ver con el origen y con el territorio, la ciudad, la ciudad más íntima que sitúa el instinto territorial más allá de lo físico, en los paisajes que la imaginación le transforma a los sentidos. En Botella papel bes notable la contención poética de la prosa de los poemas:

RESERVAS DE VISIBILIDAD

De fulgores se componen los días. Encontrar de repente una escalera de piedra ablandada por el manso pregón del musgo. Descubrir un fotógrafo detenido en un parque, iracundo de eternidad ajena. Admirar una tarde, entre las islas, un alargado juguete de madera rodar sobre las tablas de un muelle. Hallazgos que nos llaman al orden, que ocupan el espacio de su revelación y arrojan para siempre su claridad inmediata. Y ya no podemos ser los mismos. Tantos hallazgos nos aguardan. Sólo por eso la vida parece ser eterna.De vestigios se componen los días. Por ejemplo, cruzar un martes delante de la casa abolida. Y recuperar muros completos de ladridos y sentir el viento lejano de las carcajadas como truchas transparentes luchando entre las camisas. Empuñar manijas. Repetir un nombre en el eco sin escapatoria de los baños blancos. Bajar por calles que obligan al pie a detener su impulso y a enderezar el cuello. Vestigios que nos llaman al orden, que ocupan el espacio de su revelación y arrojan su claridad inmediata. Y ya no podemos ser los mismos. Tantos vestigios nos acechan. Sólo por eso la vida parece eterna.Entre fulgores y vestigios.

Deliberadamente cito este poema, no sólo por el placer de releerlo, sino para enfatizar el carácter visual de sus hallazgos. Aun experiencias de un contenido ajeno al ojo, como un recuerdo, están teñidas de color: «repetir un nombre en el eco sin escapatoria de los baños blancos». Y lo destaco porque se convierte en parte sustancial del libro que nos reúne esta noche, Colección privada, que ya desde su título insinúa lo que realmente es: ocho secciones, aquí llamadas salas para no dejar dudas, donde cada poema, a su vez, lleva el nombre de algún cuadro de pintores como Ucello, Leonardo, Patinir, Durero, Caravaggio, Vermeer, Goya, Cezanne, Bonnard, Juan Gris, Torres García, Morandi, Rothko y tres colombianos, Obregón, Caballero y Juan Cárdenas.El tiempo da vueltas, a veces completas, o eso creemos. El caso es que 20 años después de sus tempranos descubrimientos de los grandes pintores, cosa que comenzó en Madrid, en la misma ciudad Ramón Cote obtiene el premio Casa de América, justo con un libro emocionado y emocionante, sobre las revelaciones que ha obtenido gracias a la pintura. El mismo poeta lo declara en la «Entrada» que estos poemas «han sido escritos como una ceremonia de restitución, agradecimiento y apropiación, porque sólo la poesía nos permite preservar en palabras estas contadas revelaciones que nos visitan a lo largo de nuestras vidas».

El poeta español Luis García Montero, miembro del jurado que le adjudicó el premio, hizo la presentación de Colección privada ben Madrid hace pocos meses. No quisiera privarlos de la sensibílisima lectura del poeta andaluz: «Resulta inevitable que un poeta escriba sobre sí mismo y sobre la poesía al hablar de cualquier cosa. Pero debe quedar claro que en este caso la pintura no es una excusa anecdótica sino una materia imprescindible de los poemas (…) la mirada individual, la necesidad de elegir, más que una negación del todo, aparece como una operación de reconocimiento en el todo. Cada huella esconde por eso la nostalgia de la plenitud. Las sugerencias, los instantes que aluden a la totalidad perdida son un eje sólido en el libro de Ramón Cote Baraibar. Frente a la ‘Expulsión del Paraíso’, sentimos con Masaccio que ‘nada, nada de eso, ni las semanas, ni las arenas / ni las sucesivas generaciones / han podido borrar de nuestros cuerpos / ese aroma a jazmín que un día muy lejano / trajeron del Paraíso’. La poesía y la pintura, como la ‘Virgen de la Anunciación’ de Antonello de Messina, son aves de alivio, del mismo modo que las naranjas de Paolo Ucello en la ‘Batalla de San Romano’ son ‘un reflejo de otras naranjas / más lejanas y que jamás mano alguna / podrá alcanzar’. La vitalidad resulta inseparable de la ilusión óptica y de la melancolía. Leonardo Da Vinci nos enseña con su ‘Ginevra Benci’ que el arte, como la memoria, es ‘una desesperada maniobra de rescate’, mientras Caravaggio busca en cada joven ‘su parentesco con el ángel’». Hasta aquí mi cita del juicio consagratorio de García Montero, que indica muy bien que los poemas están en la atmósfera del cuadro, intentan capturar unas emociones muy personales, pero nunca desprendidas del referente visual aunque, por paradoja, los poemas puedan ser leídos sin los cuadros sin dejar de ser una experiencia completa y autónoma.

Antes de dejar la palabra de Ramón, quisiera destacar aquí la consistente voluntad de libro que hay en Colección privada, en contravía de los libros que reúnen poemas sucesivos sin una intención temática, como ocurre aquí, en donde visitamos, de pasta a pasta, el museo personal de un poeta. Y, como la visita a un buen museo, «tantos hallazgos nos aguardan. Sólo por eso la vida parece ser eterna», ha escrito Cote para añadir enseguida que «de vestigios se componen los días».

DARÍO JARAMILLO AGUDELO

 

POEMAS DE RAMÓN COTE

EXPULSIÓN DEL PARAÍSO

        Masaccio

                                                 Para Renato Sandoval

Ni siquiera las lágrimas

        espesas como el mercurio

 ni el yunque ardiente

        que les quemaba muy adentro

ni los kilómetros de zarzas

         que hicieron sangrar sus tobillos

ni la prolongada llovizna

        que los recibió de pie en la

        intemperie.

Nada, nada de eso, ni las semanas ni

las arenas

         ni las sucesivas generaciones

han podido borrar de nuestros cuerpos

         ese aroma a jazmín que un día

         muy lejano

trajeron del Paraíso.

 

RES DESOLLADA

      Rembrandt

                   Para Antonio López Ortega

Cómo sabes que me corrompe el aire.

Por qué te enamoraste de mí ahora

        que cuelgo

y enumeras cada una de mis costillas,

y con detenimiento observas los nudos

         de mis tendones

como si me hubieras visto alguna vez

pastar entre los campos

¿Acaso te reconoces en mis heridas?

Si esto llegara a ser cierto, hermano

         mío, entonces

déjame abrirme en carne viva

para mostrarte mi fragante entrada

a la muerte.

Termina de una vez por todas, pintor

de cara triste,

mira que muy pronto me llamarán

          pestilente

y me convertiré en la atracción de

          todas las moscas

de este matadero de Amsterdam.

 

NIGHT WINDOWS

 Edward Hopper

A medianoche,

una luz encendida en lo alto

de un edificio

es un imperio.

La orfandad de ese involuntario

faro

es una solitaria prueba de la vida.