
Humor, picardía, complicidad, aventura: en la poesía erótica lo mejor de ese derroche exuberante que es la vida se propaga eufórico e indetenible. Tal energía no busca incrementar la especie, ni fecundar la tierra, sino lograr que ella ascienda a surtidor, a estrella fugaz, a júbilo de parias perseguidos por religión, familia o Estado, estos tres represores que al surrealismo puso en duda. Blanca constelación sobre el socuro cielo de las mitologías. Del seno de la diosa ha brotado un nuevo astro. laura o beatriz. La Elsa de Aragón o la Jandira de Murilo Mendes. Los reclutas de Walts Whitman. El hermoso desperdicio que no tiene precio y sólo se celebra a sí mismo.
Juan Gustavo Cobo Borda
[Texto extraído del libro Cuerpo erótico, Villegas editores, 2005]
Cuando un hombre entra
en una mujer,
como el oleaje que muerde la orilla,
una y otra vez,
y la mujer abre la boca de placer
y sus dientes brillan
como el alfabeto,
Logos aparece ordeñando una estrella,
y el hombre
dentro de la mujer
hace un nudo,
para que nunca más estén separados
y la mujer
sube a una flor
y Logos aparece
y desata los ríos.
Este hombre,
esta mujer
con su doble hambre,
han procurado penetrar
la cortina de Dios,
lo cual brevemente
han logrado
aunque Dios
en su perversidad
deshace el nudo.
más allá del dolor y del placer la carne
inescrutable
balbuceando su lenguaje de sombras y brumosos
colores
la carne convertida en paisaje
en tierra en tregua en acontecimiento
en pan inesperado y en miel
en orina en leche en abrasadora sospecha
en océano
en animal castigado
en evidencia y en olvido
viendo la carne tan cerrada y distante
me pregunto
qué hace allí la vida simulando
el cabello a veces tan cercano
que extravía alojo en su espesura
las bisagras silenciosas cediendo
lagrimeando tornasol
y esa otra fronda inexplorada
en donde el tacto confunde
el día con la noche
fresca hermosa muerte a la mitad del lecho
donde los miembros mutilados retoñan
mientras la lengua gira como una estrella
flor de carne carnívora
entre los dientes de carbón
ah la voz gangosa entrecortada dulcísima del
amor
saciándote saciándose saboreando el ciego
bocado
los mondos los frágiles huesecillos del amor
ese fracaso ese hambre
esa tristeza futura
como el cielo de una jaula
la tierra gira
la carne permanece
cambia el paisaje
las horas se deshojan
es el mismo río que se aleja o se acerca
tedioso espejo con la misma gastada luna de yeso
que se esponja hasta llenar el horizonte
con su roñosa palidez
merodean las bestias del amor en esa ruina
florece la gangrena del amor
todavía se agitan las tenazas elásticas
los pliegues insondables laten
reino de ventosas nacaradas
osario de mínimos pájaros
primavera de suaves gusanos agrios
como la bilis materna
más allá del dolor y del placer
la negra estirpe
el rojo prestigio
la mortal victoria de la carne.
Bajo mis manos,
tus pequeños senos
son los vientres vueltos
de gorriones caídos y suspirantes.
Cuando te mueves,
percibo los sonidos de un cerrarse de alas
o de alas caídas.
Permanezco mudo
porque te has postrado junto a mí
porque tus pestañas
son las espinas de pequeños y frágiles animales.
Temo el instante
en que tu boca
comience a llamarme cazador.
Cuando me pides que me acerque
para afirmar
que tu cuerpo no es bello,
desearía convocar
los ojos y las bocas escondidas
de la piedra, de la luz y del agua
para desmentirte.
Quisiera
ofrezcan ante ti
la temblorosa rima de tu cara
desde sus profundos ataúdes.
Cuando me pides que me acerque
para afirmar
que tu cuerpo no es bello,
desearía que mi cuerpo y mis manos
fueran lagunas
para que te miraras y rieras.