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De la editora

¡Fuera verdad tanta belleza!

En el año de 1994 hubo una buena actividad poética en el país. Seré muy parca en las enumeraciones. Gracias al impresionante esfuerzo de los editores de las revistas Ulrika en Bogotá y Prometeo en Medellín, se realizaron dos congresos internacionales en esas ciudades, a los cuales concurrieron alrededor de 60 poetas del mundo. Y se proporcionaron al tiempo foros y auditorios a otros tantos escritores colombianos. Ese flujo de intelectuales y de versos rompió por unas semanas el asfixiante e insólito aislamiento cultural que vive Colombia y propició la creación de ricos vasos comunicantes que, poco a poco, permitirán percibir las ideas y formas de creación que circulan hoy en otras latitudes.

Espacios como "Poesía en escena" que organiza la escritora Mery Yolanda Sánchez y la Corporación Colombiana de Teatro, como la Casa de Poesía Fernando Mejía que dirige con dedicación María Inés Gallego en Manizales, o como "Poetas del exilio" en Santa Marta que coordina el escritor Vargascarreño, se consolidaron y ampliaron su audiencia.

Hubo realizaciones aisladas memorables, como la publicación de las excelentes traducciones de poesía de Emily Dickinson, hechas por José Manuel Arango, y de Una temporada en el infierno, realizada por Nicolás Suescún. Además está la jugosa publicación de libros de poesía por iniciativa de la Fundación Gubereck. A todo ello debe sumarse la actividad ya habitual en salas y en materia de publicaciones periódicas y de libros, de las cuales se da cuenta en el Apéndice de esta revista.

Pero, cosa curiosa, esos trabajos, que además proporcionan a nuestra golpeada sociedad horizontes de justicia, de amor y de vida, que se convierten en una alternativa de la cuota cotidiana de sangre y de la acelerada degradación moral, inquietaron por oscuras razones a la intelectualidad local, que alzó su voz para poner en entredicho la validez de tales esfuerzos.

Un novelista en ciernes aseveró que el colmo de la frivolización cultural lo constituía el evento "La poesía tiene la palabra", que organiza cada dos años la Casa Silva, porque llevaba a la masificación del género. ¿Será, en verdad, frívolo y reprobable hacer posible que 10 mil personas puedan oír en un recinto cerrado los versos de Mario Rivero, Jaime Jaramillo Escobar, Juan Manuel Roca o José Manuel Arango, entre otros? ¿Por qué es tan nocivo y perturbador que se faciliten los medios para que la poesía salga de los cenáculos exclusivos y llegue a los oídos y a los corazones de todos aquellos que deseen gozarla?

Una poetisa no tuvo escrúpulos en afirmar que en el país "...abundan las revistas de poesía, las casas de poesía, los concursos, los premios, los encuentros de poetas". Bien se ve que esta escritora no ha traspasado las fronteras patrias, al menos mental y culturalmente. En Colombia no hay un sólo concurso de poesía importante, porque los que existen son escasos, parroquiales y muy pobres económicamente. Y revistas de poesía conozco sólo cuatro: Golpe de dados, esfuerzo personal, terco y solitario de Mario Rivero, Ulrika y Prometeo y la que publica estas íneas. ¿Será -pregunto- un ejemplo de abundancia?

De casas de poesía sé de dos: la Fernando Mejía, de Manizales y la Silva, de Bogotá. Es cierto que a diario llegan a esta última, solicitudes de todos los rincones de Colombia para que se apoye la creación de nuevas casas. Entendámonos: abunda el deseo de crear y de encontrar espacios para gozar de la poesía, pero la realidad no da para tanto optimismo. Por último, sobre la abundancia de los encuentros de poesía, cabe preguntar: ¿somos tan miserables que podemos sentirnos colmados hasta la saciedad misma porque hubo dos congresos importantes? Con cosas así sólo queda aceptar que tenemos el país que merecemos.

Y no faltó el gracioso que hablara de los "poetastros de la poetambre". El argumento: mucha poesía de la mala, muchos impostores. El articulista confesó que siente "una sensación de malestar al ver esa cantidad de actividades poéticas...". Y pide que, para salvar a nuestra sociedad -¡a nuestra sociedad!-, se imponga el propósito colectivo de acabar con "la marea de poetas silvestres". Conmovedora y ejemplar expresión del intelectual allá en las alturas, que defiende sus predios de la invasión de la "masa ignara" igual que el perro: orinando alrededor de su territorio.

Tal vez no sea más que una frivolidad de columnista sin tema, pero aún así no debe pasarse por alto. Por tanto aconsejo al periodista y novel novelista que mire un poco a su alrededor: de pronto se entera de que este país necesita propósitos colectivos de índole muy distinta. ¿O será que nuestra sociedad ha llegado a tal grado de perfección que tenemos que dedicarnos a hacer filigranas y a elaborar exóticos bizantinismos para construir un propósito colectivo, que añada más bienestar al bienestar reinante?

Le haría falta también sentarse por un día en mi mesa de trabajo en la Casa de Poesía Silva y recibir, como lo hago yo, a tantas personas que allí llegan con sus versos de nada, con sus poemas de nada, con su poesía "silvestre". Confirmaría que la poesía es, sí, el fruto de un trabajo dedicado y, por qué no, profesional, que a veces, muy pocas, produce obras interesantes, dignas de ser publicadas, premiadas y exaltadas. Pero también comprendería que a la poesía no puede reducírsela a eso, porque antes que nada es una actitud frente a la vida, actitud por cierto muy distinta a la que nos obliga esta sociedad finisecular, signada por el valor dinero, valor fuera del cual no hay reconocimiento ni se merece respeto; atrapada por la superficialidad, el éxito fácil y a cualquier precio, y seducida por todo lo que es light para el alma, el corazón y la cabeza.

Quiero decir: la poesía no es sólo el poema genial, el gran libro. Es, primero que todo, una dimensión inherente al ser humano, cuya expresión, goce, usufructo, uso y abuso, escapan si se quiere a los cánones del rigor crítico y a las exigencias de la estricta creación literaria. Siendo, como es, una de las poquísimas actividades que han quedado por fuera de la sociedad de consumo, la poesía sólo se justifica si sirve para comunicar. Aunque es posible que no haga falta buscarle ninguna utilidad, ni siquiera esa. De cualquier manera, todos esos "poetas silvestres" están en su derecho de utilizar lo que consideran poesía, como instrumento para comunicar sus deseos de vida, de justicia y de amor. Que lo hagan con ingenuidad y con ignorancia no da autoridad a nadie para erigirse en el dueño y señor de algo que es territorio de todos. No quiero hacer tremendismo, pero tampoco puedo pasar por alto lo que significa la poesía -buena o mala- en un país como el nuestro, como recurso para sobrevivir y para obtrener, cada quien según su leal saber y entender, una modestísima "ración de paraíso". Además, como preguntó con acierto un periodista y poeta: "¿por qué tanto malestar con una plaga tan inofensiva...?".

Que los espíritus exquisitos se rían, que se rían los críticos, los intelectuales esclarecidos y los columnistas en busca desesperada de propósitos colectivos. Pero que entiendan que la poesía no excluye a nadie, ya que es una dimensión esencial del alma. Y el alma existe.

Y para que continúen riendo -o rabiando, vaya a saberse- expreso en voz alta mis deseos de que haya pronto en Colombia una casa de poesía en todos los municipios, en cada barrio y vereda. Que haya también un congreso diario de poesía y toneladas de publicaciones, revistas y premios del género. Y que cada uno de nuestros 36 millones de compatriotas se vuelva poeta. Otro gallo nos cantaría.

MARIA MERCEDES CARRANZA

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