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De la editora

Contra la violencia confortable*

Estamos aquí esta noche para celebrar una ceremonia que se hace desde las épocas prehistóricas, desde que los primeros hombres y mujeres aparecieron sobre la tierra. Los etnólogos suponen que el hombre arcaico, en lo más profundo de las cavernas donde se refugiaba, se reunía para contar historias y así nacieron los mitos, es decir, la poesía. Sabemos que las comunidades llamadas primitivas agasajaban a sus dioses y reafirmaban sus creencias, en fiestas con cantos y relatos poéticos. Hay también testimonios de que en nuestro mundo indígena prehispánico las grandes celebraciones giraban en torno a la danza y la poesía. Y hasta nosotros han llegado las descripciones de las orgías poéticas en la corte del Gran Señor de Tezcoco, el sabio gobernante y gran poeta Nezahualcoyotl.

Esas fiestas podían ser religiosas o paganas y sus ritos servían para enterrar a los muertos o para exorcizar a los malos espíritus, alejar tragedias y maldiciones o para atraer bonanza y prosperidad o, simplemente, para gozar y embriagarse con la belleza.

Así hoy nosotros aquí: impotentes ante la violencia, la injusticia y la sangre que están llevando a Colombia abismo abajo, hemos querido reunirnos, casi como en uno de esos rituales de los tiempos arcaicos, para afirmar e imponer la presencia de la vida y del amor. Contra la muerte la vida. Esta es una de las formas de lograr que la violencia conserve su carácter excepcional, estrechándola en sus límites inevitables. Porque una de las amenazas más temibles para nosotros los colombianos es, precisamente, llegar a la convivencia resignada con todas las formas de violencia que padecemos, "la violencia confortable", como la llamó Albert Camus. Y ello no es nada difícil cuando los muertos son muchos y son diarios y son ajenos. Y cuando, además, de nada sirve dolerse, rebelarse y decir ¡basta!, porque los oídos y los espíritus son sordos allí, aquí, donde no existe ya casi la noción de la solidaridad social.

Pero la poesía puede servirnos para algo más, y por ello propongo que la declaremos esta noche como un artículo de primera necesidad en el país. Ocurre que estamos como estamos, sí: porque somos un pobre país tercermundista, porque nos abruma la miseria, porque la justicia no opera, porque existe una aberrante concentración de la riqueza. Pero, sobre todo, estamos como estamos porque hemos perdido la capacidad de comunicarnos. O sea, se han abolido las formas de diálogo, se han taponado los vasos comunicantes que propician la formación de referentes sociales cohesionantes, el planteamiento y la discusión de los conflictos, la creación de unas metas colectivas, la definición de los grandes problemas que afectan a la mayoría. Esta falta de comunicación se da en todos los niveles de la vida nacional: va de vecino a vecino hasta de gobernante a gobernante. En suma, se ha destruido esa red de relaciones que debe existir entre los distintos grupos que forman el tejido social.

Jean Paul Sartre escribió con gran clarividencia que "el fracaso de la comunicación es el comienzo de toda violencia... Cuando cesa la comunicación no quedan más que garrotes, incendios, ahorcamientos".

Y la poesía es, y nada más, comunicación. Lo único que busca es comunicar y en ello agota su razón de ser. Es del todo evidente que la conciencia de nuestros derechos y de nuestros deberes no ha logrado llegarnos a nosotros los colombianos por las vías jurídicas, ni por la educación, ni por las declaraciones fundamentales. Pero esa conciencia puede llegar por la vía de la belleza, con las palabras de un poema. Y es posible, porque la poesía toca todos los problemas, anhelos e inquietudes del hombre y lo hace con su propio lenguaje, que es más eficaz que el lenguaje politico o el jurídico, porque llega derecho al corazón.

Por todo ello, el acto de esta noche debe entenderse como una peticion contundente de que se inicie en todos los niveles de la vida nacional una voluntad de diálogo que nos lleve a entendernos con palabras y hechos veraces y honestos que reemplacen las balas. La poesía, como ya lo he dicho, contribuye en forma decisiva a que ese diálogo ocurra. Por eso los colombianos hoy, en Cali, le hemos dado la palabra.

MARIA MERCEDES CARRANZA

* Palabras leídas en el Coliseo Evangelista Mora de Cali, el 4 de noviembre de 1993, para iniciar el evento La poesía tiene la palabra.

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