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De la editora

El país se desintegra, señores

"¿Qué tiempos son éstos / en que una conversación sobre árboles es casi un crimen / porque incluye un callar sobre tanto delito?". Razón tenía Bertolt Brecht cuando padeció esos versos. ¿Hablar de arte o de ecología en un país en guerra declarada, con tantos frentes de batalla como intereses corruptos y desestabilizadores se generan? ¿Hablar de ciencia o de poesía en un país cuya política económica avanza velozmente en contra de los principios básicos de justicia social, ahondando aún más las aberrantes desigualdades de clase? ¿Hablar de bibliotecas o de cultura popular en un país escindido por las más crudas violencias políticas, económicas, raciales y culturales y escindido también por la ausencia flagrante del Estado en sus territorios geográfico y social y por la debilidad de un gobierno, incapaz de proteger siquiera los derechos fundamentales, como el derecho mismo a la vida? ¿Hablar de investigación o de teatro en un país en el que la justicia ha hecho crisis por todos los flancos, hasta el punto de dar lugar a la proliferación sin control de los agentes de poder y de los mecanismos de dominación que actúan al margen de la ley?

Pues sí, paradójicamente, hoy más que nunca hay necesidades en el país, no sólo de hablar de arte, ciencia, bibliotecas, investigación, folclor, cine... sino de crear con urgencia los espacios culturales y económicos que propicien, en forma contundente y aún desconocida entre nosotros, esas actividades. Y no como un mecanismo de evasión, sino todo lo contrario.

Porque ocurre que los conflictos mencionados no son sino los síntomas visibles de algo mucho más complejo y preocupante: la evidencia de que el país se desintegra por la pérdida total de la ética social y de los principios de justicia y de solidaridad que presiden toda vida en comunidad. No estamos aludiendo a un proyecto político -que tampoco existe- el cual interprete e integre los diferentes intereses y fuerzas sociales del país. Hablamos de algo más esencial: de la ausencia de aquello que los sociólogos llaman "referentes simbólicos", o sea, los espacios comunes de identidad que le sirven de referencia a una sociedad para actuar y para entenderse. La ausencia de esos espacios ha llevado a Colombia a convertirse en lo que podríamos llamar un país light, es decir un país sin principios, en el que se favorece el más aberrante individualismo y en el que se ha instaurado una ética de la supervivencia y se ha arrasado con la cultura de la solidaridad.

Una crisis de semejantes dimensiones requiere, sin ninguna duda, de acciones distintas a la inflexible aplicación de las exigencias impuestas por la tecnocracia monetaria y de las políticas economicistas del desarrollo. Es necesario comenzar por reconstruir la conciencia colectiva, atomizada, escindida y desgarrada por las múltiples injusticias y violencias. Y para ello resulta fundamental entender que los camibios tecnológicos y sociales no son ajenos a los hábitos culturales, y que los procesos culturales -como lo anota el sociólogo Néstor García Canclini- "son espacios donde se consruyen la unidad simbólica de cada nación y las diferencias entre las clases, donde cada sociedad organiza la continuidad y la ruptura entre su memoria y su presente". Y añade: "La cultura es además el territorio donde los grupos sociales se proyectan hacia el futuro, donde elaboran práctica e imaginariamente sus conflictos de identidad y realizan compensatoriamente sus deseos".1

Ese par de frases revelan con elocuencia la importancia de la vida cultural -en su más ancha concepción- en una sociedad que vive una crisis tan profunda como la nuestra. Necesitamos desarrollo tecnológico y economía fuerte, pero no queremos oir más esa aberrante frase triunfalista de burócratas, empresarios e industriales: "sí, el país va mal, pero la economía va bien", porque ese no es el camino para lograr la paz. A la paz se llega, además, mediante el consenso, la justicia social y la solidaridad. Mientras la clase dirigente colombiana no entienda ésto, el país seguirá abismo abajo.

Ahora bien, ignoramos cuál va a ser el futuro inmediato de la vida cultural, dentro del marco de la poítica neoliberal que el gobierno desarrolla a marchas forzadas. Sabemos por lo pronto que esa concepción lleva al Estado a reducir o a eliminar la inversión en las empresas que no son rentables, y la cultura en ninguna parte del mundo -y ésto está suficientemente comprobado- tiene capacidad para autofinanciarse. Y sabemos también que la iniciativa cultural en materia económica no resulta efectiva cuando se la deja en manos de la empresa privada: la experiencia en Francia y Estados Unidos así lo ha revelado y por ello esos países están hoy de regreso de las políticas neoliberales aplicadas a la cultura y el Estado ha retomado la responsabilidad de estimular, propiciar y atender las necesidades culturales de la sociedad. Si éso ha ocurrido en países en los que, por tradición, los sectores empresariales dedican recursos económicos a la cultura, imaginemos por un momento lo que pasaría en Colombia, cuyo sector privado, con pocas excepciones, no invierte en el desarrollo cultural, sino, y aquí también por tradición, en el deporte y en los espectáculos masivos de farándula.

Por todo lo anterior existe en estos momentos en el país una gran incertidumbre de parte de ese vasto territorio que tiene que ver con la creación, formación, divulgación, estudio, investigación, experimentación y goce de la cultura en sus múltiples y ricas manifestaciones, sobre la forma como van a incidir en él las nuevas políticas económicas de reducción del gasto público en inversión social. Si el esquema opera dentro de su rigurosa ortodoxia y se suma la ya endémica indiferencia con que el Estado colombiano trata los asuntos culturales, se habrá dado el tiro de gracia a uno de los pocos recursos que le quedan al país para articular sus contradicciones sociales y resolver los conflictos generados por su multiplicidad étnica y cultural y por las profundas desigualdades económicas.

1. Políticas culturales en América Latina. Néstor García Canclini, Grijalbo, México, D.F. 1987.

MARIA MERCEDES CARRANZA

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