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De la editora

"Alguien se salva por escuchar al ruiseñor"*

Me provoca comenzar estas palabras con unos versos de Nicanor Parra:

"Todavía vivimos en un bosque
¿No sentís el murmullo de las hojas?
Porque no me diréis que estoy soñando
Lo que yo digo debe ser así
Me parece que tengo la razón
Yo también soy un dios a mi manera
Un creador que no produce nada:
Yo me dedico a bostezar a full
Y la fucsia parece bailarina".

Me gustan esos versos porque hablan de la poesía y del poeta como lo que son: todo y nada. Pregunto: ¿Hay algo más gratuito que el hecho poético?; ¿hay actividad más irrelevante que escribir un poema? Palabras al viento. Pero ¡cuidado! ¿Pueden enunciarse cualidades más excelsas de un quehacer y de la esencia de ese quehacer como que no tienen fines, es decir que son mucho más que un calculado juego de posibilidades mesurables por su utilidad para determinado propósito? La poesía es un salto al vacío y un acto de gratitud que por lo mismo excede todos los fines. Es por ésto que puede ser para mí la manera de darme un baño interior de belleza de cuando en cuando, a usted tal vez le sirve para remover congojas de amor, a su vecino para descansar los domingos por la tarde y al mío para conocerse a sí mismo, como lo pedía el filósofo griego.

Y el poeta es quien habla de paraísos perdidos o de paraísos por venir o que nunca vendrán y su soberbia creación bien puede servir para absolutamente nada, porque al fin de cuentas lo único que hace es dar palabras al viento. Pero otra vez ¡cuidado!

Dar palabras al viento puede ser el ejercicio absoluto de la libertad, porque no hay condicionamientos, ni requisitos, ni fronteras que impidan que esas palabras aterricen en los oídos y los corazones de quienes quieran regocijarse o desgarrarse o encontrarse o inquietarse o asombrarse con las palabras y con lo que ellas revelan.

Nos hemos reunido aquí esta noche para éso: simplemente para nada o simplemente para todo: "alguien se salva por escuchar al ruiseñor" escribió el poeta Giovanni Quessep. ¿Un ruiseñor? ¿Habráse visto cosa más fútil, ociosa e inimportante? Pero, de nuevo ¡cuidado!: El canto del ruiseñor puede "fundir el corazón de los hombres y hacer hervir la sangre". Puede llevarlos a cometer actos de amor, de solidaridad, de justicia.

Oigamos al ruiseñor, pues necesitamos toneladas de la alegría, la belleza y la paz que transmite su canto. Porque si bien los colombianos atravesamos hoy por un periodo de esperanza y optimismo, gracias a cambios fundamentales en la vida nacional durante el último año, no resulta equivocado afirmar que todo sigue igual. Continúa la violencia en todas sus horrendas manifestaciones: las masacres, los secuestros, los asesinatos, los atentados contra la riqueza nacional; continua la impunidad y también siguen ahí los campesinos sin tierra y sin servicios básicos, los obreros sin trabajo, y los pobres vergonzantes de la clase media uncidos a la magra providencia del presupuesto público. Y frente a ellos, continúan la demagogia y la irresponsabilidad de la clase política, la corrupción administrativa y la presión de poderosos intereses económicos que inmovilizan la acción del Estado.

¿Por qué entonces el optimismo?: porque los cambios han ocurrido, es cierto. Pero hasta el momento sólo se han dado en el terreno formal. Tenemos una nueva Constitución que, de aplicarse a cabalidad y con sentido de proyecto colectivo haría de Colombia un país vivible y convivible. Pero a la Constitución le acechan dos grandes peligros: que se quede en el papel y que se la interprete o se le de un desarrollo normativo acomodaticio y contemporizador para seguir en las mismas. Impedir ésto no es tarea sólo de un gobierno o de un grupo de políticos: es tarea de todos y cada uno de los colombianos. Por éso, me atrevo a pedirles a todos ustedes esta noche, a ustedes que han venido aquí a escuchar palabras de amor, de justicia, de vida, de solidaridad, de amor, a pedirles que lean con cuidado y estudien la nueva Constitución. En ella están, les aseguro, los principios, los instrumentos y los mecanismos para salvar a Colombia del abismo. Pero nada podremos exigir si no los conocemos y no estamos decididos a hacerlos aplicar y respetar.

Y si este nuevo pacto social se queda en nada, si logramos tan sólo la proeza que enunció Lampedusa de "cambiar algo para que nada cambie", estaremos configurando todos nosotros, con nuestra desidia y nuestra ceguera, otra gran frustración nacional, cuyas consecuencias serán catastróficas para el alma de los colombianos.

Muchos de ustedes se estarán preguntando a qué viene lo anterior en una convocatoria a oír poesía. Tal vez debo una explicación, si no basta la que dí al comienzo de estas palabras. Resulta que soy de estirpe platónica y ello me ha llevado a creer en un principio que fundamenta mi insobornable vocación por la poesía: considero, siguiendo a Platón, que la belleza equivale a la verdad y que por el amor, por el amor a un hombre o a una mujer, llegamos al conocimiento, a la sabiduría.

Y la poesía, entre tantas cosas, es en esencia belleza y amor. Y por tanto su goce nos debe hacer mejores. Pero no nos basta con ser mejores o con tener la verdad y la sabiduría si no las ponemos al servicio de algo. Y ese algo debe ser hoy para todos los colombianos edificar una sociedad más justa sobre los escombros y los muertos de nuestra dramática vida colectiva. Cada cual como pueda y hasta donde pueda. Por lo pronto ahora, cuatro poetas van a hacer su aporte, dando con sus palabras belleza y mostrando la verdad en esa belleza.

MARIA MERCEDES CARRANZA

* Palabras pronunciadas para abrir el III evento de "La poesía tiene la palabra". Cartagena, 6 de septiembre).

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