Regreso al menú principal
 

Regreso a librería
 
-
 

De la editora

La poesía en la hora de los asesinos*

Nos hemos reunido hoy, aquí en Medellín, para oír poesía, recordando a un poeta desaparecido, Carlos Castro Saavedra, y escuchando a seis poetas colombianos cuyas voces son ya conocidas y reconocidas en el país por su dedicación al oficio de escribir y por la calidad de sus obras. Ellos dispararán versos como flechas para hacerlos llegar derecho a nuestro corazón.

Sin embargo, más importante que lo que vamos a oír, resulta el hecho de que seamos capaces de reunirnos solidariamente en torno a la poesía. En los últimos días, ante la expectativa que ha despertado en el país este encuentro, los medios de comunicación han preguntado aquí y allá si la poesía ha vuelto a ponerse de moda o qué sentido tiene en medio de la crisis moral, política y social que vive el país. Pero nadie ha hecho la pregunta al derecho: ¿Qué papel cumple la poesía en el tiempo de los asesinos? Porque los colombianos estamos hoy contra la pared, acorralados por la cólera de una minoría de asesinos de extrema izquierda y de extrema derecha que han desatado una guerra para defender sus intereses que nada tienen que ver con los intereses del país; estamos también amenazados por los asesinos de la mafia del narcotráfico que quieren imponernos su propia ley. Mientras, se agudizan cada día más las tremendas injusticias y desigualdades sociales, ante la incapacidad del Estado de realizar las transformaciones necesarias y de administrar justicia.

La mayoría de los colombianos no tenemos hoy una ideología política en la cual creer, un proyecto de progreso social en el cual participar, ni siquiera nos han dejado un lejano horizonte para mirar. Entonces el sentimiento que predomina es el de la impotencia. La mayoría de los colombianos nos sentimos impotentes frente a lo que ocurre en el país.

Pues bien, ante la falta de una opción ideológica, la única alternativa de la mayoría de los colombianos es tomar el partido de la defensa del derecho a la vida y a la justicia y al trabajo; ante la impotencia debemos armarnos con una moral del deber: que cada cual haga de su oficio, de su trabajo, de su estudio su arma de batalla o, como dijo un teórico alemán, hagamos de nuestra mesa de trabajo nuestra única patria. Debemos armarnos también contra el fatalismo o la indiferencia, de una moral de fortaleza. Y no hablo de asumir falsos idealismos que nos impidan una comprensión eficaz y lúcida del juego social, político y técnico de la Colombia de hoy, sino de no sumarnos al derrotismo y a la indiferencia frente a lo que estamos viviendo. Para ello debemos buscar y tratar de asirnos a aquello que le dé un sentido a nuestra realidad, a aquello que afirme y confirme a voz en cuello nuestro derecho a la vida, al amor, al trabajo y a la justicia, a aquello que nos permita comunicarnos y dialogar con nosotros mismos y con los otros. Si encontramos ese intermediario entre la impotencia y la realidad, entre el miedo y la realidad, entre el fatalismo y la realidad, podremos actuar, muy seguramente no para cambiar el país pero sí para evitar que se desintegre más. Ese intermediario de que hablo bien podemos encontrarlo en el terreno del arte, porque el arte desde épocas inmemoriales ha estado dirigido contra la destrucción, contra el caos, contra el horror. La música, la danza, la pintura, el teatro, la literatura, el cine busan siempre comprender al hombre, interpretar sus conflictos y sus contradicciones y con ello lo empujan a una toma de conciencia que, así sea desgarradora, trae siempre una claridad necesaria que puede conducirlo al comienzo de una acción creativa sobre su realidad.

Por eso hemos venido aquí esta noche, porque necesitamos claridad. La poesìa, así sus palabras sean perturbadoras e inquietantes, aporta claridad, porque ella no es solo la expresión musical y bonita de un sentimiento sublime o de una idea interesante, y mucho menos, como tantos lo creen, una manera de evadir la realidad. La poesía es, muy al contrario, una de las pocas formas que tiene una sociedad de conocerse a sí misma, porque el poeta hace parte inevitable de ella y cuando se expresa, quiéralo o no, lo hace a partir de su experiencia en esa sociedad. Aun en el caso de que quiera evadirse de la realidad, esa evasión quiere decir mucho sobre lo que ocurre en su sociedad. Así, su palabra es un producto social, que al ser pronunciada va revelando la realidad en sus rasgos más esenciales.

Para nosotros, los colombianos que no estamos empeñados en la guerra, pero que buscamos armas contra los asesinos, la poesía nos proporciona una muy importante. Ocurre que la poesía, además de todo lo anterior, en su esencia es sentimiento, sentimiento sometido a un trabajo de elaboración literaria es cierto, pero su motivación primaria es la expresión de un sentimiento, bien sea en la relación con la patria, la historia, el paisaje, el dolor, el amor, la muerte, con un amigo, un Dios, un oficio, incluso con una idea.

Pues bien, esa motivación primaria de la poesía impide la muerte del sentimiento, de la pasión, de la emoción que la moral snob de ciertas clases sociales e intelectuales considera de mal gusto manifestar y que por tanto tratan de reprimir.

Contra esa represiòn se alza la poesía y lejos de entregarnos una serie de signos que nos proporcionen nuevos datos o frías referencias, nos invita a gozar nuestra sensibilidad y nos obliga a constatar que, ademàs de razones e ideas, tenemos sentimientos y pasiones que queremos compartir para hacer la vida más vivible y hermosa. Pero ademàs, con ello nos va a ayudar a tener en buen funcionamiento los jugos y los juegos de la sensibilidad. Y eso es lo único que impide que perdamos la capacidad de una respuesta solidaria frente al dolor y el caos.

Por eso necesitamos toneladas de poesía que nos incite a llorar, a perdernos en un loco amor, a reírnos, a inquietarnos, a no caer en la trampa de la indiferencia frente a nuestra vida y a la vida del vecino, trampa que nos tiende todos los días una realidad saturada de malas noticias. Esta tarde queremos, con los versos de amor y de vida meterle varios goles a la cólera y a la injusticia.

MARIA MERCEDES CARRANZA

* Palabras leídas para abrir el evento "La poesía tiene la palabra", realizado el 24 de mayo de 1989 en el Centro de Exposiciones de Medellín.

Regreso índice

Realice su orden de compra aquí
 
 
© 2001 Casa de Poesía Silva
Calle 14 No. 3-41 Teléfono 286 5710
Librería: teléfono 286 4414 - Fax 281 7184
Bogotá - Colombia
casadepoesiasilva@casadepoesiasilva.com
Todos los derechos reservados