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La ciudad errante Por Pedro Alejo Gómez, director
Otra vez, esta noche los astros, ajenos a sus nombres, siguiendo sus rutas implacables hacia la renovada, inmemorial ceremonia celeste de sus grandes encuentros, regresan de paso a posiciones milenarias. Miríadas de estrellas cintilan indiferentes, y bajo ellas se levantan las ciudades del hombre. La suerte del hombre son los hombres. Toda ciudad tiene un aire de gran barco cruzando el tiempo con la arboladura de sus torres, y, en la noche, con sus luces encendidas como faroles de posición. Las ciudades viajan: su singladura es el tiempo. Aun abolidas como Troya, perduran. II
Las ciudades son invisibles. Lo que de ellas está a la vista es, apenas, la manera en que su espíritu se manifiesta. Es su espíritu -que puede combatirse o amarse- lo que doblega o enaltece. El espíritu como las ciudades no duerme. III
Hay artes cuyo autor es plural e innumerable en el tiempo. Las cambiantes ciudades y los mudables idiomas son, con distinta fortuna, sus obras. La civitas -de esa voz latina proviene la palabra ciudad- es el conjunto de ciudadanos que habitan una urbs. Y ésta -la urbe, ese inmóvil telón de piedra- es el casco material donde habita la población de ciudadanos. El escenario y los actores; la trama se renueva, incesante. Las ciudades son libros en que
los personajes indagan la trama que los rige. IV
Suelto como una fiera indómita el tiempo merodea. El tiempo es la intemperie. Todo arte busca estar al abrigo del tiempo. No hay más amparo del tiempo que la memoria y la imaginación. El arte es una arquitectura. También las ciudades son levantadas contra el tiempo. El tiempo es el gran escenario. El mundo, a fin de cuentas, no es más que una provincia del tiempo. La memoria es el nexo con los hombres del pasado. La imaginación es el contacto de los hombres con las ciudades futuras. Me figuro yo que las cubiertas de los libros son las estampillas postales de cartas dirigidas a los desconocidos hombres que vendrán. V Los idiomas son antiguas ciudades errantes. Las palabras son calles para franquear la distancia entre los hombres y para atravesar los tiempos. Más que a calles de distancia los hombres están a palabras de distancia. VI Aun sin nombre en los sueños siempre hay una ciudad. Los sueños como la vida transcurren siempre en una ciudad o cerca de alguna. Mapas, siempre precarios, dan, a escala, cuenta trunca de sus tamaños y de sus caprichosas formas. Pero ninguna ciudad tiene un tamaño mensurable: la cierta, fugaz, extensa y variable geografía de los sueños multiplica sus confines y desquicia sin remedio la posibilidad de su exacta cartografía. La cifra de sus habitantes cambia cada vez que alguien recuerda a un muerto o a un viajero. Mi padre, que a veces me llevaba a Londres en sus recuerdos, va conmigo por estas calles. VII Los tiempos de las ciudades, como los pacientes tiempos de los árboles, son distintos. Las épocas son sus días. Casi dos siglos después de la Revolución Francesa, Chou en Lai declaró que aun era demasiado pronto para saber si triunfó. VIII
Hay imágenes que no sanan como heridas abiertas para siempre. Es cierto que "una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes", conforme al Cuarteto de Alejandría. Pero también es cierto que hay en ellas, a plena luz, regiones aún "más profundas que las lágrimas". IX También hay ciudades en el otro mundo. Cielo e infierno no son más que
ciudades antípodas en la eternidad. Y, en la Divina Comedia,
el reflejo perpetuo de cada uno de los actos posibles. X Es una ciudad la populosa memoria que Robinsón Crusoe visita en su isla a la hora incierta de la nostalgia. Los hombres son ciudades errantes. Con cada peregrino viaja una ciudad. XI Todo son espejos. Las libélulas y las ideas son espejos. Los pájaros y las voces son espejos en el aire. Quien mira algo se ve a sí mismo desde lo que mira. También el papel en blanco es un espejo. Toda escritura es un reflejo en ese espejo. Las ciudades son espejos transitables. Es imposible hablar de una ciudad sin hacer una confesión. XII Después de un encuentro pactado en donde acaba la calle Great Tichfield, al que no pudo llegar, demorado por fallidos pormenores judiciales de una herencia, durante años Thomas de Quincey buscó a Ann, una prostituta huérfana de 16 años, a cuya "compasión y generosidad" declara deberle la vida desde cuando, abocado a las calles, enfermó, cayo de espaldas en una escalera, sumido en una profunda postración de la que solo lo rescató "un vaso de vino y especias" que le prodigó la joven. Años duró escrutando miríadas de rostros en las calles y, abandonada la esperanza, buscó todavía que la bendición de su "corazón abrumado por la gratitud" la alcanzara "en la oscuridad central de un burdel de Londres". "No hay duda de que nos hemos buscado en el mismo instante a través de los poderosos laberintos de Londres; tal vez hemos estado a pocos pasos uno del otro; no es más ancha la barrera en una calle de Londres y muchas veces equivale a la separación por toda la eternidad". Al tiempo, Emmanuel Swedemborg transitaba entre ángeles las calles de Estocolmo. XIII Concordia civium murus urbium. "La concordia de los ciudadanos es la muralla de las ciudades". Las torres abatidas de las ciudades medievales eran un castigo para sus habitantes derrotados. Las ciudades son símbolos habitables. XIV También la historia del hombre es una ciudad. Nosotros, todos, estamos hoy al lado de los hombres que en Atenas, hace 25 siglos, oyeron la poderosa voz de Pericles: "Al engrandecer sus hijos la ciudad, -dijo- ésta les ha engrandecido". Esa advertencia es también un desafío. Nada perdurable puede construirse con lo precario y quebradizo. El pasado antes fue presente. |
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