LAS CIUDADES
EN LA POESÍA
Por William Ospina
Oímos decir
a menudo que, dado que la civilización se ha pasado a vivir
a las ciudades, ya es hora de que la poesía se haga urbana.
Muchos críticos rastrean las obras de los poetas contemporáneos
tratando de asistir al momento en que la ciudad se apodere de sus
versos y les incorpore no sólo los paisajes urbanos sino los
juguetes de la industria y de la tecnología.
Quienes abogan porque la poesía se vuelva urbana olvidan que
la poesía comenzó siéndolo. El poema más
antiguo y más vivo de la tradición que solemos llamar
occidental, la Ilíada, no sólo es un poema urbano sino
el canto a la destrucción de una ciudad. Es decir, empezamos
cantándole, ni siquiera al nacimiento de las ciudades, sino
a su aniquilación y su ruina.
Las ciudades son tan antiguas como la civilización. Lo que
llamaban los griegos la Polis no era un conjunto de edificaciones,
con calles, ágoras, templos, bibliotecas, escuelas, plazas,
jardines, comercios y lupanares, sino el orden social del que florecían
esas cosas. La Polis hace posible el mundo urbano, pero es sobre todo
el orden mental, el sistema de relaciones que teje una cultura, y
su hilo principal es el lenguaje.
Llena de ciudades estuvo siempre la poesía. De la Troya de
la Ilíada, de las urbes de los griegos en el Peloponeso y en
las islas, de Creta, ciudad de reyes y de laberintos. La Biblia abunda
en poemas urbanos, en torno a los templos de Jerusalén, a las
murallas de Jericó, a los palacios de Egipto, donde vivió
su destierro José el muy bello. Los patriarcas habían
venido de Ur de los Caldeos, que por primera vez tuvo observatorios
para vigilar y bautizar a las estrellas. El salmo 137 de David comienza
en Babilonia, donde los hebreos capturados en masa recuerdan con lágrimas
la destrucción de su ciudad, le piden a su Dios que la lengua
se les pegue al paladar si olvidan a Jerusalén, y afilan las
uñas del resentimiento prometiéndose estrellar en el
futuro contra las rocas a los pequeños hijos de Babel.
En el vértigo de los milenios es fácil sentir que uno
de los primeros sueños humanos fue la ciudad, y que ya la antigüedad
tendía a especializarla. Atenas del conocimiento, Tiros y Nínives
del comercio, Babilonias y Persépolis del lujo, Florencias
del arte, Romas del poder, Sodomas de la voluptuosidad. Los poetas,
por su parte, se han movido entre la celebración o la deploración
de sus ciudades reales, y la invención de ciudades fantásticas.
Y aún cuando los poemas no describan a una ciudad evidente,
la ciudad está tácita en sus versos.
Influidos por el romanticismo, pensamos a veces en poetas aislados,
viviendo solitarios lejos del mundo, pero la poesía supone
diálogos incesantes, debates literarios y filosóficos,
escuelas retóricas, academias, certámenes de erudicción,
cruces de lenguas y de mitologías. Cuando el poeta Rubén
Darío pasó en 1892 por Cartagena de Indias y entró
a visitar a Rafael Núñez, parece que éste le
preguntó cuál era su rumbo. "Vuelvo a Nicaragua",
le contestó. "Pero no, dijo Núñez, usted
necesita estar en alguna de las grandes capitales de la cultura, donde
haya interlocutores y debates". Allí mismo le propuso
que fuera cónsul de Colombia en Buenos Aires, entonces una
de las dos grandes capitales de la lengua castellana. La historia
demostró que Núñez tenía razón.
En Buenos Aires, Rubén Darío se convirtió en
la voz de una generación que en el continente entero estaba
renovando la lengua, y pudo llevar ese mensaje y ese magisterio hasta
la España fatigada del fin de siglo, que languidecía,
viuda de poder, añorando el imperio que había perdido
y olvidando que había sembrado una lengua vigorosa en un mundo
nuevo. La América Latina le envió con Rubén Darío

Rubén Darío |
a
España ese bálsamo, la certeza de que la lengua
seguía viva y llena de espíritu creador en dieciocho
naciones de ultramar. Fue gracias a ese polen que Madrid volvió
a convertirse en una de las capitales de la lengua castellana.
Un español de aquella
época nos dejó una célebre traducción
del hermoso poema novelado "Los amores de Dafnis y Cloe",
que empieza hablando de Mitilene, la ciudad en la isla de Lesbos,
cruzada por canales y frecuentada por navíos, desde la
cual Longo evoca sus escenas pastoriles: "Tocaba ya a su
fin la primavera y empezaba el estío. Todo era vigor
en la tierra. Los árboles tenían frutalos sembrados,
espigas. Grato el cantar de las cigarras, deleitoso el balar
de los corderos, dulce el ambiente perfumado por la fruta en
sazón. Parecía que los ríos; cantaban
al correr mansamente; que los vientos daban música como |
de flautas al suspirar
entre los pinos; que las manzanas caían enamoradas al suelo...".
Muerta Grecia, Roma llenó de poesía a Occidente. Fueron
tales allí el abigarramiento y la muchedumbre de la vida urbana
que, según Victor Hugo, la ciudad se confundía con el
Universo. Oscuros aventureros -dice- se encontraban el trono en su
camino, entraban, le daban una dentellada al género humano
y después se iban. Ese desorden movió al poeta de la
Leyenda de los siglos a decir que Roma era la puerca que se revolcaba
en los estercoleros, e hizo que los poetas empezaran su cíclica
añoranza de las sencillas armonías de la vida silvestre.
Hay una intemporal poesía de la Arcadia, la nostalgia de paraísos
campestres o salvajes, donde sólo hay bosques y fuentes, cantar
de pájaros y correr de vientos, pero lo más probable
es que esos jardines de la nostalgia o de la ilusión hayan
sido soñados y anhelados por hombres que vivían en ciudades.
Las Bucólicas de Virgilio, entonadas con flauta campesina,
"obra grata a la gente labradora", como leemos en la traducción
de Miguel Antonio Caro, fueron escritas por un varón de esa
laberíntica Roma Imperial que ya se preparaba para cantar a
la Cartago de Dido, esa ciudad de origen Tirio que se había
alzado allá, lejos, frente a la ribera donde el Tíber
se derrama en el mar. De ese mismo entorno brotaron las Sátiras
de Marcial y los yambos de Cátulo, y los poemas de amor de
este poeta a Lesbia, la cruel, que no era otra que la libertina Clodia
Pulcher, a la que el poeta le labró un nicho divino en sus
versos pero en realidad murió degollada a las orillas del Tiber
por alguno de esos gladiadores borrachos con los que se trenzaba en
las tabernas.
Pero Roma fue tan dilatada que su agonía duró siglos,
y por esa dispersa ciudad moribunda discurrieron después los
asuntos refinados y decadentes del Satiricón de Petronio. Chesterton,
quien hizo todo lo posible por hermosear al cristianismo, decía
que esa religión vino a limpiar de pecado los bosques, que
estaban como envilecidos por el olor de las guirnaldas de Príapo,
y que el universo cristiano tuvo que lavar el agua y cauterizar el
fuego, porque el paganismo había profanado los elementos, cargándolos,
supongo, de sensualidad. Pero eran hermosos y vanos intentos por salvar
lo insalvable: el agua bendita de los templos medievales era portadora
de pestes como toda agua estancada, y el fuego de las piras de la
inquisición no fue precisamente un homenaje a la inocencia
de los elementos.
Hombre de ciudad, Dante Alighieri, nos hace sentir al comienzo de
su Comedia, buena prueba de que la humanidad acababa de atravesar
siglos aciagos, que la imagen más acabada de lo espantoso es
"una selva oscura". !Ahi quanto a dir qual era è
cosa duraesta selva selvaggia e aspra e forteche nel pensier rinova
la paura! (Ay, qué duro es decir cómo era aquella selva
salvaje y áspera y fuerte que renueva el pavor en el pensamiento).
La Edad Media había sido consecuencia de la caída de
Roma. La gran ciudad que centró a Europa se había derrumbado,
las aldeas se hundieron en un sueño de siglos, los caminos
se hicieron intransitables, los bosques volvieron a ser tierra de
duendes y espantos. Todo vuelve, y a veces la poesía de la
ciencia ficción nos hace sentir que eso que ya ocurrió
puede volver a ocurrir, que esta edad nuestra de cosmópolis
podría colapsar, y que otra vez la humanidad podría
verse refugiada en los campos, en aldeas fanatizadas contra los forasteros
o contra la tecnología. Bastaría una sola peste de las
que ahora se ciernen sobre la humanidad para reducir a tierra de nadie
estas megalópolis de más de diez millones de habitantes
que hoy asfixian y fascinan al mundo. Y como sólo lo inesperado
ocurre, Umberto Eco ha dicho que estamos a las puertas de una nueva
Edad Media.
Por mucho tiempo la naturaleza infundió temor a los hombres
de Occidente. Razón de ese divorcio fue sin duda el Cristianismo
que desterró a los dioses paganos que eran los fenómenos
naturales, el renacer de los campos en Artemisa, la luz, la armonía
y la música en Apolo, el amor en Afrodita, el odio en Ares,
el mar en Poseidón. Pero al final de la Edad Media la cultura
empezó a mirar la naturaleza de nuevo con ojos amorosos. Dante,
el hombre de Florencia, tuvo la virtud de abrir otra vez las puertas
que llevaban a la naturaleza, fue capaz de mirar con amor a esas estrellas
convertidas durante siglos en instrumentos de venganza, en símbolos
de la justicia divina. Para los hombres de la Edad Media, como para
los del antiguo testamento, Dios se confundía con la Justicia
y con la Venganza, pero a pesar de Cristo, no con el Amor. Sólo
Francisco de Asís, y después Dante, volvieron a creer
en la fraternidad con el mundo. Y yo pienso a veces que la Edad Media,
tan llena de miedo natural y de pavor sobrenatural, terminó
el día en que Dante, viendo alzarse el planeta Venus sobre
las terrazas del purgatorio, escribió estos versos:
Lo bel pianeto
che d’amar conforta
faceva tutto rider l’oriente
(Ese bello planeta que nos consuela
con amores
Iba haciendo reír todo el oriente).
Y cuando, un poco
más adelante, dijo, hablando de las estrellas:
Goder pareva
’l ciel di lor fiammelle
(El cielo parecía gozar de sus llamitas).
Pero él había
padecido tanto las opresiones y los vicios de la ciudad, de su ciudad
de Florencia, a la que tanto amaba y temía, pero también
de sus ciudades del exilio, de Paris, donde todavía una estatua
en la Sorbona nos recuerda que ese hombre casi mitológico vivió
y enseñó allí, que la ciudad más memorable
de la Commedia es precisamente una ciudad infernal, la ciudad de Dite,
cuyas puertas los demonios han cerrado al paso de ese cuerpo y esas
dos almas que son Dante y Virgilio, hasta el punto de que un ángel
tiene que descender del cielo y avanzar por la ciénaga llena
de réprobos, que saltan a su paso como ranas ante el avance
de la serpiente enemiga, para abrirles las puertas de la ciudad, sin
dignarse siquiera mirarlos.
Bien rodeados por el mundo madrileño de los Austria están
Boscán y Garcilaso, que se deleitan en evocar un mundo de:
Corrientes aguas,
puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en
ellas, fresco prado de verdes
sombras lleno
Y Francisco de Quevedo,
a quien más que celebrar las sucias y turbias ciudades del
siglo XVI le deleita describir las ruinas de las ciudades viejas,
y Góngora, constructor de mecanismos verbales, y Lope, quien
se complace en tejer variaciones sobre la lejana caída de Troya,
como este soneto lleno de destrezas, en el que el cielo es enemigo
de los seres humanos, la guerra es femenina, los templos ya nada protegen,
la luz del incendio es un espanto amarillo, un río corre en
sangre, y las altas fortalezas de los hombres se están desplomando:
Árdese
Troya y sube el humo oscuro
Al enemigo cielo, y entre tanto,
Alegre Juno mira el fuego y llanto,
Venganza de mujer, castigo duro.
El vulgo, aún en los templos mal seguro,
Huye cubierto de amarillo espanto,
Corre cuajado en sangre el tinto Xanto,
Y viene a tierra el levantado muro.
Crece el incendio propio el fuego extraño,
Las empinadas máquinas cayendo
De que se ven ruinas y pedazos.
Y la causa eficaz de tanto daño,
Mientras vencido Paris muere ardiendo,
Del griego vencedor duerme en los brazos.
También los
antros y las fuentes y las rocas altivas que van cayendo abajo con
resbaloso paso en versos de Ronsard son fruto del amor por la naturaleza
de un hombre de ciudad. Pero tal vez pocos poemas saben mostrar tan
bien el contraste entre la fragilidad de las obras humanas y la eternidad
de la obra de Dios, que es el otro nombre de la naturaleza, como ese
soneto "A Roma" de Joachim du Bellay que nuestro gran traductor
Andrés Holguín vertió así:
A Roma en Roma
buscas, oh
extranjero,
Mas ya nada de Roma en Roma existe,
Los viejos muros que entre escombros viste
Es lo que llama Roma el mundo entero.
Cuánto orgullo entre ruinas prisionero,
Tú, que al mundo tus leyes impusiste,
Para vencerlo todo, te venciste,
Y el tiempo te consume en su brasero.
Túmulo es Roma, a Roma misma alzado,
A Roma sólo Roma ha sojuzgado,
Y oh vaivén mundanal, sólo subsiste
De Roma, el Tíber que a lo lejos huye,
El tiempo lo que es firme lo destruye,
Y sólo lo que huye le resiste.
También a
Shakespeare lo atrae la idea más tentadora para los poetas,
la idea de la demolición de las ciudades. Pero extrae de ella
nuevas consecuencias. En su soneto 64 declara:
Las ruinas me
enseñaron a pensar,
y con ello nos indica
que la caída de las ciudades no es para él más
que una metáfora del poder corrosivo del tiempo, que también
nos gasta a nosotros. Londres es sin duda la causa eficiente de la
inagotable galería de personajes que llenan sus obras, y Shakespeare
parece hecho para comprobar el elogio de su ciudad que hizo un siglo
después su reivindicador el Doctor Samuel Johnson: "Amigo
mío, si alguien está cansado de Londres es porque está
cansado de la vida, pues Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer".
Esa frase está grabada en el pedestal del monumento al gato
de Johnson, Hodges, en una plazuela de la ciudad, y hasta esa escultura
en tamaño natural de un gatito presidiendo una plaza parece
hecha para demostrar que en Londres es posible encontrarlo todo. En
ese Londres, Shakespeare inventó la ajedrezada Verona de Romeo
y Julieta, una ciudad tejida de discordias donde sólo el amor
está prohibido; y la fronteriza Venecia de Otelo, donde el
amor entre razas y edades distintas termina siendo sacrificado por
la envidia; y la conspiradora Roma de Julio César, donde todos
los caminos del gobernante están limitados por las filosas
dagas de sus amigos; y la hipócrita Atenas de Timón,
donde el hombre que disipa su fortuna sólo encontrará
ayuda al final en el único hombre que no quiso aceptar sus
regalos. En esas ciudades fantásticas de Shakespeare floreció
el héroe moderno, Hamlet, el vengador paralizado por la duda,
que parece convertir la afirmación de Zenón de Elea
de que es imposible ir de un lugar a otro (porque primero hay que
recorrer la mitad de ese espacio, y después la mitad de la
mitad y así hasta el infinito) en la insinuación de
que es imposible clavar un puñal en un pecho, porque antes
hay que atravesar el espacio de la vacilación, y después
el espacio del arrepentimiento, y después el cálculo
de los efectos, y después el abismo que hay entre el pensamiento
y la acción. La ciudad de Hamlet sería un laberinto
de antesalas y escaleras y puertas y galerías, demoradas por
la argumentación, donde todo pensamiento se bifurca, donde
a cada idea de venganza le brotan cabezas de hidra que posponen el
desenlace. Es curioso que cuando sus amigos le reprochan a Hamlet
que tal vez se siente asfixiado porque el reino de Dinamarca le parece
demasiado pequeño para su orgullo, ese dilatador del espacio
les responda: "Yo podría estar encerrado en la cáscara
de una nuez, y sentirme sin embargo rey del espacio infinito".
Pero si bien la ciudad estuvo siempre tácita en la obra de
los poetas, la verdad es que no siempre fue un tema evidente de la
poesía. Se diría que era un escenario para los argumentos,
pero no el argumento mismo de las obras literarias. Fueron los filósofos
los primeros que empezaron a discurrir sobre la ciudad como tema.
Desde la platónica Ciudad de Dios de San Agustín, hasta
la Utopía de Tomás Moro, desde la Nueva Atlántida
de Francis Baçon hasta los falansterios de los socialistas
fantásticos, la ciudad se convirtió en un instrumento
literario para pensar porvenires posibles del mundo, para desplegar
doctrinas y formular programas políticos. Con el Renacimiento
europeo, tan estimulado por la edad de los Descubrimientos y por la
conquista del Nuevo Mundo americano, las ciudades imaginarias arreciaron.
Marco Polo era el precursor, después los viajeros llevaron
a Europa sus Eldorados y sus Manoas, su Ciudad de los Siete Césares
y su ciudad de las Amazonas, y en las distintas artes empezó
a florecer el hábito de las ciudades soñadas. Piranesi
se dedicó a fabular espacios e inventó una Roma fantástica
con reacomodamientos de la Roma real, sugirió ciudades infinitas
que combinaban las arquitecturas, los monumentos y los inventos de
las mil ciudades de la historia, y aprendió a alterar la perspectiva
para producirnos la fatiga de la inmensidad.
Frente a esas geometrías eminentemente urbanas se alzó
el Romanticismo. Estaba hecho a la vez de nostalgia del pasado y de
sed de futuro. Quería volver a Grecia, pero también
huir a la luna. Y su principal deleite fue combinar las simetrías
del urbanismo con el exotismo de las selvas, de las montañas
enormes, de los cañones desmesurados. Ciudades que ocupan un
lugar fronterizo entre las selvas y las plazas, entre el palacio y
el abismo, mezclas de paredes con inmensas cascadas y vastos salones
de madera y de mármol donde está domesticado el fuego.
Es posible encontrar incontables ejemplos en la poesía de Keats
y de Byron, de Walter Scott y de Hölderlin, pero tal vez el mejor
ejemplo sea el poema Kublai Khan de Samuel Taylor Coleridge, un palacio
verbal que le fue dictado por un sueño.
En Xanadú
erigió Kublai Kahn un gran palacio de placer, allá donde
Alf, el río sagrado, resbala entre cavernas que no abarca la
vista humana, hasta hundirse en un mar sin sol. Dos veces cinco millas
fértiles ciñó de muros y altas torres, y adentro
los brillantes arroyos surcaban los jardines, florecían en
perfume árboles numerosos, y los rincones sonrientes estaban
rodeados por selvas tan viejas como las montañas.
Pero hay, esa romántica quebrada que se hunde al sesgo
al pie de la colina verde, entre los cedros. ¡Un agreste paraje,
embrujado y sagrado, como si allí en tiempos perdidos, bajo
la luna menguante, una mujer hubiera venido a llorar a su amor satánico!
Después de
describir el paraje y el palacio, el poeta recuerda una doncella abisinia
que una vez vio en un sueño: tañía el dulcémele
mientras cantaba suavemente al monte Abor. Y dice que si pudiera suscitar
de nuevo en su interior esa música y esa canción, se
sumiría en un éxtasis tan profundo, que podría
reconstruir con música en el aire aquel palacio resplandeciente
con sus hondas cavernas de hielo. Y añade que todos los que
vieran el prodigio exclamarían: "!Cuidado! ¡Ved
cómo resplandecen sus ojos resplandecientes y como flota su
cabellera! Trazad en torno a él un triple círculo, y
cerrad los ojos con reverencia, porque se ha alimentado de rocío
y ha probado la leche del paraíso".
Ese final parece aludir también a algo que Novalis dejó
escrito en su Enciclopedia: "La poesía, en sentido estricto,
parece ser un arte intermedio entre las artes plásticas y las
artes sonoras". Es verdad que cuando nos asomamos a la poesía,
no sólo estamos ante un arte musical, que es su componente
más hondo, sino ante un arte de la descripción, de la
narración, de los órdenes del espacio, de la sensorialidad
y del pensamiento.
Así iba brotando la ciudad de los románticos, con un
poco de nostalgia y un poco de sed de futuro, con todas las bellezas
de la ciudad de la historia pero prescindiendo de todas sus fealdades,
y sobre todo, tratando de combinar de mil maneras estimulantes para
la imaginación los cristales de la arquitectura con las asimetrías
del universo natural.
Y frente a ella se alzó de pronto la ciudad de los modernos,
cuya mejor expresión está sin duda en la obra de Baudelaire.
Ahora se trataba no tanto de soñar la ciudad ideal cuanto de
reconciliarnos con la ciudad real, cada vez más absurda y fantástica,
no para aprobarla, sin duda, pero sí para reconocerla como
el escenario de nuestro destino, de nuestros sueños y de nuestras
pesadillas. Baudelaire empieza por destacar sus paradojas:
Por los pliegues sinuosos de viejas capitales,
Donde aún el horror tiene un secreto encanto,
Yo acecho, obedeciendo mis humores fatales,
A esos seres extraños a los que quiero tanto.
La suya es la ciudad
real, ciudad hormigueante, ciudad llena de sueños. La ciudad
del azar asombroso de los encuentros, y del azar deplorable de los
desencuentros, a la que le escribió uno de sus poemas más
bellos, el soneto en que encuentra una hermosa mujer por una calle
estridente, y cruzan sus miradas, y sigue cada cual su camino, para
comprender, cuando ya la ha perdido, sin duda para siempre, que sólo
a ese ser habría podido amar, y que además, por el fulgor
de sus ojos, ese cielo lívido y momentáneo donde vio
gestarse los huracanes, que ella en el mismo instante también
lo había comprendido.
Igual es de Baudelaire el famoso poema "Recogimiento", donde
con la llegada del atardecer sobre la ciudad, el poeta se reconcilia
con su propio dolor, y acepta la noche como si aceptara la muerte:
Dolor mío,
ten calma y tu angustia serena.
No ansiabas ver la tarde, mírala, ya desciende,
Una atmósfera oscura por la ciudad se extiende
Trayendo a unos espíritus la paz, a otros la pena.
Mientras la muchedumbre que el placer enajena
Y azota cual verdugo sin compasión, pretende
Cazar remordimientos, cuando el festín se enciende,
Ven, dolor, por aquí, dame tu mano buena,
Y huyamos lejos, mira cómo los muertos años
Surgen con viejos trajes en el balcón celeste,
Cómo brotan, sonrientes, del mar los desengaños.
Cómo el sol bajo un arco se duerme en lontananza,
Y como un gran sudario que viene desde el este,
Oye amor, oye cómo la dulce noche avanza.
Como Baudelaire,
Verlaine aprendió a no idealizar la ciudad sino a cantarle
a su sordidez y a su oscuridad:
Arrastra, triste
Sena tus olas indolentes,
Con un hedor malsano pasan bajo tus puentes
Muchos cuerpos sin vida bajo la niebla gris
A cuyas almas tristes hizo morir Paris.
Para Verlaine, como
después para Cavafis, poco importa el ámbito sórdido
de la ciudad, pues ellos saben tener, en medio de esas sordideces,
sitios privilegiados para el goce. El poeta de Alejandría sentía
que los cuerpos desnudos de sus amantes, y los deleites del amor carnal
convertían casi en palacios esas pobres habitaciones de hoteles
humildes donde se encontraban por horas. Y Verlaine dice en un poema,
que se deleita en enumerar cosas ordinarias y sórdidas:
El ruido de
los cabarets, el fango de los andenes,
Los árboles marchitos deshojándose en el aire negro,
El ómnibus, un huracán de hierro y de barro,
Que rechina, mal sostenido sobre sus cuatro ruedas
Y hace girar lentamente sus ojos verdes y rojos,
Los obreros que van a la taberna, haciendo humear
Sus pipas en la nariz de los agentes de policía,
Tejados que gotean, muros
chorreados, lisos adoquines,
Brea esparcida, arroyos que llenan los desagües,
Ese es mi camino, con el paraíso en el fondo.
Ese Paris de Baudelaire
y de Verlaine es esencialmente lo mismo que el Londres de Dickens,
en cuyos arrabales sórdidos empiezan a humear las chimeneas
de las fábricas, donde la vida de las multitudes rezuma humedad
y los rincones están llenos de chinches y de ratas. El poeta
no está intentando disimular esas cosas sino que juega a extraer
poesía de ellas, y es por eso que Baudelaire se alza al final
frente a Paris, a la ciudad atroz de su vida, y le grita con voz de
triunfo: "Tú me diste tu barro y con él hice oro!".
Ha extraído poesía de la vida cotidiana, de acuerdo
con aquella afirmación de Chesterton, según la cual
hay poetas que saben que la plenitud de la vida puede encontrarse
en los salones exquisitos y en los palacios de la aristocracia; que
hay poetas mejores que saben que la plenitud de la vida está
también en los antros infames y en las barriadas de la miseria;
pero que hay poetas tan grandes que saben que la poesía está
en cualquier parte, y que son capaces de encontrar poesía incluso
en su propia familia.
Así llegamos a la ciudad de Joyce, quien casi por primera vez
intentó que el protagonista de una novela, que es también
un poema gigantesco, no fueran ya unos personajes particulares, unos
destinos aislados, el hilo de unos hechos, sino la ciudad, su ciudad
de Dublín, y todas las cosas que pudieron pasar en ella un
día preciso, el 16 de junio de 1904. Allí el poeta extrema
sus recursos para atrapar el misterio de la simultaneidad de espacios
y de destinos, la abundancia de las sensaciones, y el esfuerzo mágico
por lograr que las palabras atrapen la esencia de la realidad; que
en un día del hombre estén los días del tiempo,
en una ciudad del lenguaje todas las ciudades del espacio, y encerrado
en un libro todo un día del mundo. Ese es el propósito
mágico del Ulises de Joyce, el más alto e inabarcable
poema sobre la ciudad que haya soñado esta edad de urbes ya
sin centro y sin Dios.
Esa ciudad de los modernos es la ciudad de nuestros poetas latinoamericanos.
La ciudad del Entierro en el Este, y del Tango del viudo de Pablo
Neruda; la ciudad de César Vallejo, quien trata de vivir el
contraste entre el Paris lluvioso y desordenado que lo ciñe
y la nostalgia de sus aldeas del Perú con sus muchachas olorosas
a selva:
¿Qué
estará haciendo a esta hora
mi andina y dulce Rita de Junco y Capulí,
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre como flojo coñac dentro
de mí?
Esa es la ciudad,
para nada sublimada en metáforas y en abstracciones, pero llena
de honda humanidad, de sorpresas, de pequeños milagros, de
graves comprobaciones mortales, de la intuición de un lazo
profundo entre las lenguas de la urbe y las conmociones del alma,
de un poema con el que quiero terminar este viaje apresurado por las
relaciones entre la poesía y las ciudades. Es el soneto que
Borges escribió a Buenos Aires, que hace de la ciudad un mapa
de la propia vida, una melancólica autobiografía, la
certeza, que también tuvo Cavafis, de que toda ciudad les da
lo mismo a sus hombres, de que la ciudad de la infancia, de los amores
y los sufrimientos, nos sigue a donde vayamos.
Cavafy |
Jorge
Luis Borges |
Los mismos suburbios
mentales van de la juventud a la vejez.
Donde quiera que miro se alzan las negras ruinas de mi vida.
Borges es un poco menos melancólico, pero su conclusión
no será menos dura. Si la ciudad no es sólo el escenario
de nuestra vida sino también el lecho de nuestra ceniza, la
ciudad es algo más que calles y edificios, que teatros y oficinas,
que mercados y fiestas, la ciudad es un misterio, y el lazo que nos
une a ella más irrompible de lo que podríamos pensar.
Este es el poema "Buenos Aires":
Y la ciudad,
ahora, es como un plano
De mis humillaciones y fracasos,
Desde esa puerta he visto los ocasos,
Ante ese mármol he aguardado en vano.
Aquí el incierto ayer y el hoy distinto
Me han deparado los comunes casos
De toda suerte humana, aquí mis pasos
Urden su incalculable laberinto.
Aquí la tarde cenicienta espera
El fruto que le debe la mañana,
Aquí mi sombra, en la no menos vana
Sombra final, se perderá, ligera.
No nos une el amor sino el espanto.
Será por eso que la quiero tanto.
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