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Editorial

ESCRITO EN LA MUERTE DE FERNANDO CHARRY LARA

Palabras pronunciadas por Pedro Alejo Gómez V.,
Director de la Casa de Poesía Silva,
el 31 de julio de 2004 en las exequias del maestro Fernando Charry Lara

I


También la poderosa muerte es vulnerable.
Fuera de su alcance quedan -intactos- los 39 exactos poemas que Fernando Charry Lara escribió. Y al lado de ellos, paralela en importancia, su obra crítica.

Sería trivial afirmar que su obra es breve. Su hondura la despoja de toda brevedad.

Hay -sin duda- una verdad poética, antagónica del ingenio. Hay, también, alumbrada por ella, una reflexión poética.

Su poesía debe medirse por la verdad poética que contiene. Toda otra referencia le es adjetiva. Más todavía que estilo, hay en ella, del comienzo al final, reflexión poética sobre esa verdad.

De ahí su pureza. De ahí su coherencia prodigiosa, su singularidad central y su importancia más allá del alcance de la duda.

Nadie afirme que la verdad es breve.

II

Consta en ella el tamaño de las palabras. Las mínimas palabras son inmensas.

Aun los templos y los edificios mayores aspiran a la condición de las modestas palabras cuya dimensión les falta. Prueba son los tantos desaparecidos sin que la palabra para nombrarlos haya sufrido mella.

De ahí esa precisión de geómetra que hay en la poesía de Fernando Charry Lara y ese rigor de astrónomo asombrado a sabiendas de que la ausencia de una estrella colapsaría el universo.

Su obra es la poesía como conocimiento. Por eso es tan lúcida. Y, a fuerza de lucidez, tan libre y compasiva.

Y tan parecida a él. Indeleble y llena de dignidad.

La grande poesía tiene un fulgor de relámpago. No esquiva nada. Igual que la luz.

Queda -feroz, como prueba de ello- Llanura de Tulúa my queda la vida, en la distancia entre el pesimismo y la lucidez. Queda -la salvación por el conocimiento- en la expresión de Hermann Broch.

III

Solo la memoria nos salva del tiempo. Tal vez la primera plegaria del hombre fue el primer recuerdo.

Ahora él es recuerdo.

Pero fue.

Fue cierto que hablaba en limpio. Fueron ciertos ese humor tan suyo con el que nos habitaba y que hace tan hospitalario su recuerdo, y esa inteligencia y generosidad de espíritu que lo hacen central, imprescindible.

Fueron ciertos su calma atenta, su alegría inteligente y la gabardina fiel y la vasca, tan suyas como la risa entrecerrando los ojos encogiéndose de hombros. Y fue cierta esa memoria suya, prodigiosa, en la que las cosas volvían a ocurrir idénticas al punto de fundar el temor de que no pudiera regresar extraviado en la precisión de sus propios recuerdos.

Y fue cierta esa dignidad suya con la que ejercía íntimamente la libertad y de la que surgía su humor, fundado en ella con tanta verdad.

Hay recuerdos como el de su persona, el de su trato, que pueden, consultarse igual que libros.

El tiempo huye y permanece.

IV


" La existencia está torcida", declaró Buda. Su muerte lo recuerda.

Hoy, la muerte, levemente -nunca es más- también, como nosotros todos se inclina.

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