RAMON
COTE, COLECCIÓN PRIVADA
Por Darío Jaramillo Agudelo
| Hace
20 años, en 1984, Arnao Ediciones de Madrid publicó
uno de los más notables primeros libros de la poesía
colombiana, Poemas para una fosa común. En ese
momento Ramón Cote tenía 21 años, estudiaba
historia del arte en esa ciudad, era un devoto de la religión
de la pintura y ejercitaba su culto con fervorosas visitas al
templo mayor, el Museo del Prado. Ese casi adolescente había
escrito un libro que tenía la no muy frecuente y definitiva
cualidad de contener hermosos poemas. Era un primer libro pero
no era un libro primerizo, pues ya en él se notaba un trabajo
de taller serio y gozoso, una clara conciencia del poder de la
palabra que, en su momento, destacó Santiago Londoño:
"Aquí la poesía es forma hecha de imágenes
que crean un espacio, evocan un sentimiento, establecen una simbología.
No comunica ni encierra ‘mensaje’. Despierta, acaso,
emociones. Registra un instante, el del poema, que pasa por los
ojos, la memoria, la imaginación, el conocimiento. Es la
embriaguez del verbo, no hecho carne, sino aire estremecido" |
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Su libro siguiente, El confuso
trazado de las estaciones (1991), leído en la perspectiva
de hoy, abre un ciclo que continuará con El estado de los
trenes en la antigua estación de Las Delicias (1992) y
Botella papel (1999). El hilo conductor de este período
tiene que ver con el origen y con el territorio, la ciudad, la ciudad
más íntima que sitúa el instinto territorial
más allá de lo físico, en los paisajes que la
imaginación le transforma a los sentidos. En Botella papel
bes notable la contención poética
de la prosa de los poemas:
RESERVAS
DE VISIBILIDAD
De fulgores se componen los
días. Encontrar de repente una escalera de piedra ablandada
por el manso pregón del musgo. Descubrir un fotógrafo
detenido en un parque, iracundo de eternidad ajena. Admirar una tarde,
entre las islas, un alargado juguete de madera rodar sobre las tablas
de un muelle. Hallazgos que nos llaman al orden, que ocupan el espacio
de su revelación y arrojan para siempre su claridad inmediata.
Y ya no podemos ser los mismos. Tantos hallazgos nos aguardan. Sólo
por eso la vida parece ser eterna.
De vestigios se componen los días. Por ejemplo, cruzar un martes
delante de la casa abolida. Y recuperar muros completos de ladridos
y sentir el viento lejano de las carcajadas como truchas transparentes
luchando entre las camisas. Empuñar manijas. Repetir un nombre
en el eco sin escapatoria de los baños blancos. Bajar por calles
que obligan al pie a detener su impulso y a enderezar el cuello. Vestigios
que nos llaman al orden, que ocupan el espacio de su revelación
y arrojan su claridad inmediata. Y ya no podemos ser los mismos. Tantos
vestigios nos acechan. Sólo por eso la vida parece eterna.
Entre fulgores y vestigios.
Deliberadamente cito este poema,
no sólo por el placer de releerlo, sino para enfatizar el carácter
visual de sus hallazgos. Aun experiencias de un contenido ajeno al
ojo, como un recuerdo, están teñidas de color: "repetir
un nombre en el eco sin escapatoria de los baños blancos".
Y lo destaco porque se convierte en parte sustancial del libro que
nos reúne esta noche, Colección privada, que
ya desde su título insinúa lo que realmente es: ocho
secciones, aquí llamadas salas para no dejar dudas, donde cada
poema, a su vez, lleva el nombre de algún cuadro de pintores
como Ucello, Leonardo, Patinir, Durero, Caravaggio, Vermeer, Goya,
Cezanne, Bonnard, Juan Gris, Torres García, Morandi, Rothko
y tres colombianos, Obregón, Caballero y Juan Cárdenas.
El tiempo da vueltas, a veces completas, o eso creemos. El caso es
que 20 años después de sus tempranos descubrimientos
de los grandes pintores, cosa que comenzó en Madrid, en la
misma ciudad Ramón Cote obtiene el premio Casa de América,
justo con un libro emocionado y emocionante, sobre las revelaciones
que ha obtenido gracias a la pintura. El mismo poeta lo declara en
la "Entrada" que estos poemas "han sido escritos como
una ceremonia de restitución, agradecimiento y apropiación,
porque sólo la poesía nos permite preservar en palabras
estas contadas revelaciones que nos visitan a lo largo de nuestras
vidas".
El poeta español Luis García Montero, miembro del jurado
que le adjudicó el premio, hizo la presentación de Colección
privada ben Madrid hace pocos meses.
No quisiera privarlos de la sensibílisima lectura del poeta
andaluz: "Resulta inevitable que un poeta escriba sobre sí
mismo y sobre la poesía al hablar de cualquier cosa. Pero debe
quedar claro que en este caso la pintura no es una excusa anecdótica
sino una materia imprescindible de los poemas (...) la mirada individual,
la necesidad de elegir, más que una negación del todo,
aparece como una operación de reconocimiento en el todo. Cada
huella esconde por eso la nostalgia de la plenitud. Las sugerencias,
los instantes que aluden a la totalidad perdida son un eje sólido
en el libro de Ramón Cote Baráibar. Frente a la ‘Expulsión
del Paraíso’, sentimos con Masaccio que ‘nada,
nada de eso, ni las semanas, ni las arenas / ni las sucesivas generaciones
/ han podido borrar de nuestros cuerpos / ese aroma a jazmín
que un día muy lejano / trajeron del Paraíso’.
La poesía y la pintura, como la ‘Virgen de la Anunciación’
de Antonello de Messina, son aves de alivio, del mismo modo que las
naranjas de Paolo Ucello en la ‘Batalla de San Romano’
son ‘un reflejo de otras naranjas / más lejanas y que
jamás mano alguna / podrá alcanzar’. La vitalidad
resulta inseparable de la ilusión óptica y de la melancolía.
Leonardo Da Vinci nos enseña con su ‘Ginevra Benci’
que el arte, como la memoria, es ‘una desesperada maniobra de
rescate’, mientras Caravaggio busca en cada joven ‘su
parentesco con el ángel’". Hasta aquí mi
cita del juicio consagratorio de García Montero, que indica
muy bien que los poemas están en la atmósfera del cuadro,
intentan capturar unas emociones muy personales, pero nunca desprendidas
del referente visual aunque, por paradoja, los poemas puedan ser leídos
sin los cuadros sin dejar de ser una experiencia completa y autónoma.
Antes de dejar la palabra de Ramón, quisiera destacar aquí
la consistente voluntad de libro que hay en Colección privada,
en contravía de los libros que reúnen poemas sucesivos
sin una intención temática, como ocurre aquí,
en donde visitamos, de pasta a pasta, el museo personal de un poeta.
Y, como la visita a un buen museo, "tantos hallazgos nos aguardan.
Sólo por eso la vida parece ser eterna", ha escrito Cote
para añadir enseguida que "de vestigios se componen los
días".
POEMAS DE RAMON COTE
EXPULSIÓN DEL PARAÍSO
mmmmMasaccio
mmmmmmmmmmPara
Renato Sandoval
Ni siquiera las lágrimas
mmespesas como el mercurio
ni el yunque ardiente
mmque les quemaba muy adentro
ni los kilómetros de zarzas
mmque hicieron sangrar sus tobillos
ni la prolongada llovizna
mmque los recibió de pie en la
mm intemperie.
Nada, nada de eso, ni las semanas
ni
las arenas
mmni las sucesivas generaciones
han podido borrar de nuestros
cuerpos
mmese aroma a jazmín que un día
mmmuy lejano
trajeron del Paraíso.
RES DESOLLADA
mmRembrandt
mmmmmmmPara
Antonio López Ortega
Cómo sabes que me corrompe
el aire.
Por qué te enamoraste
de mí ahora
mmque cuelgo
y enumeras cada una de mis costillas,
y con detenimiento observas los nudos
mmde mis tendones
como si me hubieras visto alguna vez
pastar entre los campos
¿Acaso te reconoces en
mis heridas?
Si esto llegara a ser cierto,
hermano
mmmío, entonces
déjame abrirme en carne viva
para mostrarte mi fragante entrada a
mmla muerte.
Termina de una vez por todas,
pintor
mmde cara triste,
mira que muy pronto me llamarán
mmpestilente
y me convertiré en la atracción de
mmtodas las moscas
de este matadero de Amsterdam.
NIGHT WINDOWS
Edward Hopper
A medianoche,
una luz encendida en lo alto
de un edificio
es un imperio.
La orfandad de ese involuntario
faro
es una solitaria prueba de la
vida.
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