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Del editor

Dibujando en el aire a María Mercedes Carranza

Discurso pronunciado por Pedro Alejo Gómez V.
en su posesión como Director de la Casa de Poesía Silva el 29 de Julio de 2003

Nada quiero -ni puedo- decir ahora que no tenga un tono personal. Sé que mañana diré: "Ayer no más murió María Mercedes Carranza". Hay muertes que siempre serán recientes.

Nadie diga que el arbitrario y feroz afecto es subjetivo porque toda creación proviene de él y más allá acaba el sentido. Un día Confucio dijo por siglos: Donde no hay afecto debe haber moral. Donde no hay moral debe haber ley. Donde no hay ley debe haber fuerza.

No es fácil escribir mientras la tempestad agita el barco.

Antes de ser, los libros eran hombres y mujeres. La muerte no cambia esa naturaleza. Solo que su cercanía y su trato son otros: "escucho con mis ojos a los muertos", decía Quevedo. Los libros son seres vivos. Después, en la ciudad del tiempo, son hombres y mujeres transparentes.

He vuelto a los libros que ahora son ella. A su franqueza de tierra firme. La misma que está en su desnuda poesía. Sin adornos, pero sobre todo sin engaños: lúcida. Nada en ella hay escondido. Solo la ceremonia de la verdad a sus ojos. Al cabo ¿quién puede adjetivar la luz?

Alguna tarde mirando por la ventana o al transitar una indecisa calle debió pensar que la verdadera risa es, mientras haya miseria, una esperanza y que, en esa espera, solo podemos reír porque olvidamos. Hay seres generosos. Ella era solidaria.

Tantas veces la vi defendiendo feroz, sin vacilación. Sé que en esa vehemencia estaba, al mirar afuera, el cansancio de saber la dignidad que falta y el silencio y la oblicua cobardía que sobran.

En el sitio del tiempo el arte es una declaración de resistencia. A fin de cuentas la imaginación es el nombre de la dignidad mayor del hombre en el universo.

Todos nosotros hemos vuelto a ella y a Genoveva Carrasco de Samper al entrar a esta Casa de Poesía.

Le Corbusier, que había construido ideas sobre las que se edificaron ciudades desde Chandigarh hasta Brasilia, dijo su grande y mínimo fundamento: "la casa debe ser el estuche de la vida".

Antes de esta Casa ella escribió esta línea memorable: "ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo". Después, por años hasta ayer, obstinadamente, ella misma, se dedicó a combatir su propia afirmación poética, buscando esos perfiles que le faltan a la ciudad. Prueba de ello es esta Casa de Poesía.

Esta Casa tiene, hoy más que nunca, una razón: cuando las palabras se desvalorizan surgen los estados de violencia. La falta de justicia los consolida. Entonces comienza el sordo monólogo ensordecedor de las armas.

Pero también hay una razón en la paz. La primera vez que hablé aquí dije mi convencimiento de que "ninguna verdad mayor hay que la verdad poética. Toda otra verdad le es afecta o le está subordinada. Ello porque si la hemos alcanzado, siempre aspiramos a regresar a ella, o, porque, aun sin saberlo, aspiramos a construirla para vivir desde ella".

Por ello siempre habrá una razón para esta Casa. Esta Casa indispensable. No basta mantenerla y consolidarla. Tengo la certeza del soporte de todos ustedes, como columnas, en mi propósito de difundirla y multiplicarla.

Debo confesar mi insobornable convicción en el día en que no haya más gobierno que el de los libros y en que los decretos sean pinturas y la sola ley sea la música. Y mi fe en el destierro para siempre de todo secreto. A fin de cuentas mi padre fue el relator de Los Papeles de la Academia Utópica.

Hace 25 siglos un gran ateniense pronunció unas palabras que quiero recordar ahora, en homenaje a ella: "Al engrandecer sus hijos la ciudad -dijo- ésta les ha engrandecido". Tucídides las atribuye a Pericles.

Solo cuando murió supimos qué tanto éramos todos María Mercedes Carranza.

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