EL
HOMBRE DEL PROYECTOR
(Un réquiem
por el cine)
En los barrios
El cine nunca fue mudo. En corrillo,
El hombre del proyector
Contaba películas de Chaplin,
Le daba a sus gestos una voz.
Afirmaba que los soldados nunca vencieron
A Jerónimo
Y que tras la función de matinée
Se levantaban los apaches heridos,
Se sacudían el polvo,
Montaban sus caballos de viento
Y se iban a galopar por la llanura
En la función de vespertina.
No así los blancos, que caían flechados para
siempre
Cuando quería meter
Su mano vengadora en el guión.
El hombre del proyector
Juraba que al cerrar el telón
Billy the Kid seguía entrando y saliendo
En los salones de Texas
Hasta hacerse un viejo bonachón
Y todos los alguaciles morían abatidos
En un río de hiel.
En la pequeña pantalla de la almohada
Ava Gardner entraba al mar de sus sueños,
La más bella habitante de su piel.
El hombre del proyector
Tuvo las manos de Orlac en su bolsillo,
Guardó en un desván
El coche que rodó a sobresaltos los peldaños
De una trágica Rusia. Afirmaba que el niño
Que iba en ese coche se hizo mayor
Y que pudo huir del escorbuto, de la peste y de Stalin.
Hoy fuimos a su funeral.
Enterramos el cine de barrio
Y apagamos para siempre el proyector.
ARENGA
DEL ANTIHÉROE
Nunca llegué
a sitio alguno.
Cuando algunos viajaban por el espacio
Y veían la tierra como una aldea perdida,
Yo miraba en la oscuridad de los armarios
Pequeñas lunas de alcanfor.
Mientras tantos impacientes caían en combate
O petardeaban la posición del enemigo,
Yo era humillado en oscuras oficinas de notarios.
Cuando los inventores de la máquina de sueños
Cenaban con mujeres más bellas que sí mismas,
Mi ración de orfandad me era servida,
Fría como un lenguado bajo la luna.
Mis amigos de infancia crecieron para el brillo,
Algunos son senadores que sonríen en las plazas,
Otros se hicieron hombres de industria, empresarios,
En el barco van en el área de los triunfadores.
Yo visito el mismo paisaje de casas repetidas,
Mi único guardaespaldas es el viento.
No fui de los que llenan estadios y coliseos,
Ni el cantante que puede permitirse injuriar
Al auditorio. Nunca llegué más allá de
la próxima esquina.
Jamás tuve agallas para disparar contra el tirano,
No abrí un túnel para que todos salieran de
la cárcel,
No fui capaz de salir durante el toque de queda,
No monté en pelo el brioso caballo de la guerra
Ni atravesé campos minados para salvar una aldea.
Me dediqué a masticar en la sombra
El pan sin levadura de todas las derrotas.
A veces me pregunto dónde andarán
Los que cambiaron de piel, de casa o de país,
Mientras bebo la misma cerveza
Mientras suena, una y otra vez,
Una canción que habla de visitar la lejanía.
POEMA
INVADIDO POR ROMANOS
Los romanos
eran maliciosos.
Llenaron
Europa de ruinas
Confabulados con el tiempo.
Les interesaba
el futuro,
Las huellas más que las pisadas.
Los romanos,
Casandra, eran mañosos.
No fraguaron
el Acueducto de Segovia
Como un ducto de agua y de luz.
Lo pensaron como vestigio,
Como un absorto pasado.
Sembraron
de edificios roñosos Europa,
De estatuas acéfalas
Engullidas por la gloria de Roma.
No hicieron
el Coliseo
Para que los tigres devoraran
A su antojo a los cristianos,
tan poco apetecibles,
Ni para ver ensartadas
Como entremeses del infierno
A las huestes de Espartaco.
Pensaron
su ruina, una ruina proporcional
A la sombra mordida del sol que agoniza.
Mi amigo
Dino Campana
Pudo haber saltado a la yugular
De uno de sus dioses de mármol.
Los romanos
dan mucho en qué pensar.
Por ejemplo,
En un caballo de bronce
De la Piazza Bianca.
Al momento de restaurarlo,
Al asomarse a su boca abierta,
Encontraron en el vientre
Esqueletos de palomas.
Como tu
amor,
Que se vuelve ruina
Mientras más lo construyo.
El tiempo
es romano.
ANTIORACIÓN
(Un reclamo por los poetas)
Ni aunque me dotaras
con la lengua
Y el tacto del Rey Salomón,
Ni aunque me dictaras un bello Cantar
Que abreve en labios de alguna moabita,
Ni recibiendo en dádiva a la hija del Faraón,
Ni por un caballo negro
Que chapotee en la lluvia
Y piafe bajo un cielo de olivos,
Ni por la dignidad del viento
O de un gran señor en las viñas de Baal,
Ni a cambio de un próspero comercio
De toneles de vino y bosques de olor,
Lograré entender, Señor,
Que en la lengua de John Donne,
En la misma de tu hijo William Blake,
Se sigan ordenando las matanzas.
UNA
CARTA RUMBO A GALES
Me pregunta usted dulce
señora
Qué veo en estos días a este lado del mar.
Me habitan las calles de este país
Para usted desconocido,
Estas calles donde pasear es hacer un
Largo viaje por la llaga,
Donde ir a limpiar luz
Es llenarse los ojos de vendas y murmullos.
Me pregunta
Qué siento en estos días a este lado del mar.
Un alfileteo en el cuerpo,
La luz de un frenocomio
Que llega serena a entibiar
Las más profundas heridas
Nacidas de un poblado de días incoloros.
¿Y
el sol?
El sol, un viejo drogo que ha lamido esas heridas.
Porque sabe usted , dulce señora,
Es este país una confusión de calles y heridas.
La entero a usted:
Aquí hay palmeras cantoras
Pero también hay hombres torturados.
Aquí hay cielos absolutamente desnudos
Y mujeres encorvadas al pedal de la Singer
Que hubieran podido llegar en su loco pedaleo
Hasta Java y Burdeos,
Hasta el Nepal y su pueblito de Gales,
Donde supongo
que bebía sombras su querido Dylan Thomas.
Las mujeres
de este país son capaces
De coserle un botón al viento,
De vestirlo de organista.
Aquí
crecen la rabia y las orquídeas por parejo,
No sospecha usted lo que es un país
Como un viejo animal conservado
En los más variados alcoholes,
No sospecha usted lo que es vivir
Entre lunas de ayer, muertos y despojos.
SUEÑO
El sol fulge
entre la fronda
Donde los niños duermen
Y cruza bostezando un ángel rojo.
Lejos, los patios de vecindad se llenan
De gentes que remiendan el aire
Con la aguja de su parla rumorosa.
Alguien siembra un cortejo de astros.
Entre sagrados juegos
Y blancas catacumbas,
Tú y yo: crisálidas de viento.
PUERTAS
ABIERTAS
Una puerta
Abierta a la noche
Y se pueblan los ruidos
Las estancias.
Sus rumorosas
bisagras
Anuncian
Alguien llegado de la lluvia
O los pasos de un lento animal
Que invade el sueño.
Una puerta,
una grieta
Abierta en el asombro.
MONOLOGO
DE JOSE ASUNCION SILVA
A Ricardo
Cano Gaviria