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LA VOCACION
ASCENDENTE EN LA POESIA
Por Omar Ardila "¡Oh dicha! ¡Vienes- te oigo! ¡Mi abismo habla, he hecho girar a mi última profundidad para que mire hacia la luz!" (Friedrich Nietzsche - Así habló Zarathustra). Como una proyección de este grito formidable que lanzó el "convaleciente" Zarathustra luego de retornar a su caverna, es la experiencia poética de Eduardo Gómez. Viajero incansable por escenarios abismales no ha olvidado su vocación ascendente que lo hace fluir en corpúsculos de luz para rebasar la sombra de los muertos que no cesan de llamarlo. Con voz certera ha definido una territorialidad en el universo de la poesía reflexiva, escapando de las posturas frágiles que utilizan la palabra como mero divertimento. Al ubicar el viaje poético de Eduardo Gómez dentro de la dinámica ascendente, no queremos afirmar que toda su búsqueda ha seguido una dirección constante hacia arriba, pues como nos lo reafirmó Nietzsche, hay que conocer la profundidad para poder inspeccionar la luz en las alturas. En efecto, desde sus primeras obras, vemos al viajero con preocupaciones y prácticas antagónicas, algo así como la expresión de una dualidad contradictoria. Por un lado se nos revela como embriagado de muerte y voluptuosidades sombrías, y en el otro lado aparece con un marcado interés por las manifestaciones objetivas que delinean una poesía reflexiva y de sensibilidad social. Sin embargo, en algunos casos, las dos tendencias aparecen integradas, estableciendo una unidad dialéctica trascendente. De éste modo, (y luego de explorar los escenarios subterráneos y encontrar en ellos frustración, sufrimiento y soledad) emprende el camino hacia las cimas, el cual, de ninguna manera, puede entenderse como sencillo y constante. El proceso de superación de las rutas abismales lo vive el poeta de manera oscilante, con retrocesos, confusión, contradicciones e intentos de ruptura. El descenso al bajo mundo surge como una forma de atacar (mediante sensaciones violentas y un erotismo obsesivo) la represiva moral tradicional. Y dado que esta rutina también se convierte en estéril y dolorosa, logra vislumbrar en la amistad y el amor las posibilidades más seguras que pueden catapultarlo hacia las cimas. Las diversas experiencias vivenciales le confirman que su vocación real es el ascenso, como nos lo deja conocer en los libros más recientes donde se impone una poesía menos pesimista, cuyos conflictos van encontrando ciertas salidas. En su primera obra, Restauración
de la palabra (1969), el poeta recuerda las vivencias amorosas
que subsisten en la memoria involuntaria para hacerlas presencia perdurable
y no dejar que el olvido las consuma. Cuando mira hacia el pasado
lo fascina la irradiación de los escenarios subterráneos
por donde el viajero solitario ha transitado bajo
el amparo de la noche (su gran aliada). La noche, esa sensación
misteriosa donde acampan los temores y se desatan las caricias. La
noche (cómplice y amante), única que testifica la muerte
de los seres anónimos. Esos lugares profundos -que son los
que constituyen el trasfondo real de la historia y la dinamizan- han
sido los excitantes del poeta en la voluptuosa, obsesiva y dolorosa
búsqueda de experiencias transgresoras de gran intensidad que
le permiten vislumbrar una humanidad libérrima y audaz en el
goce de su naturaleza y en el de la naturaleza. Con Movimientos sinfónicos
(1980) Eduardo Gómez nos inicia en la meditación, en
la contemplación, en las sugestiones del silencio. Afirma que
el poeta desde su condición de "elegido" puede renovar
el mundo con su voz grávida de sugestiones que tornan esencial
la vivencia del tiempo y hacen vislumbrar el infinito. Muestra cómo
la preocupación por un imposible regreso al pasado nos sigue
seduciendo, aunque es necesario ratificar la presencia con la invocación
de la ausencia. Todo retorna eternamente mediante un contrapunto dialéctico
a la manera de movimientos musicales que estructuran la existencia.
El poeta acoge los contrarios para lograr un equilibrio que supere
el marginamiento y el destierro, a los que se nos pretende condenar,
siendo que hay en el horizonte posibles salidas a una realización
integral. Historia baladesca de
un poeta (1988) es la quinta publicación de Eduardo
Gómez. En ella se destaca una sencilla transparencia y, en
el poema central que da el título al poemario, predomina una
tendencia autobiográfica que se manifiesta en forma desembozada
mediante un tono popular, afín a ciertos poemas de Brecht y
de Francois Villon. Nos involucra en su pasado, lo hace palpable,
recuerda los mecanismos de defensa que desarrolló en la infancia,
las rupturas que, poco a poco, le mostraron el rostro de la libertad,
sus primeros afectos y sus apasionados odios. Es el itinerario de
una vida dispuesta al asombro: la vocación del poeta. No teme
desnudarse ante sus lectores ("oficiantes del ritual de los aplausos").
Devela virajes secretos e intervalos sombríos que pretendieron
desechar o anular su superior sensibilidad congénita. Con éste
poema autobiográfico convierte su vida en algo imbuido de leyenda
y poesía. Construye una metafísica para recuperar el
pasado y hacerlo legado, para trascender la degradación temporal
del género humano, mutilado desde su primera infancia. En el penúltimo libro
publicado, Las claves secretas (1998) el poeta retoma
las preocupaciones filosóficas esbozadas en Movimientos
sinfónicos y las hace materia esencial de su poética.
La cercanía con las preocupaciones de la concepción
vitalista de Nietzsche -surgida por azar en sus primeras publicaciones
y asumida como posibilidad vivencial en sus trabajos de madurez- parece
hacerse más evidente: mantiene una constante preocupación
por el eterno retorno (como creación de una
metafísica del tiempo y una dialéctica del infinito)
aspirando volver a existir en el silencio. Es preciso callar para
escuchar el silencio -que para el poeta representa una suerte de origen
soterrado y constante, no una dimensión fija-. Como lo aseveraba
Nietzsche: " la medida de la fuerza (como dimensión) es
fija, pero su esencia es fluida". A esa suerte de origen, necesita
volver constantemente el poeta para nutrirse con las raíces
primigenias, sumergidas en el tiempo, que hoy le sirven de soporte
e impulso permanente para sostener su dinámica ascendente.
Fue necesario "sumergirse en el fango para vislumbrar las alturas",
tal como lo dice el poeta en su poema Orígenes. Sin embargo
no olvida su vocación subterránea: luz y sombra le acompañan
en el recorrido por la paradójica ciudad (mancillada, torturada,
desgarrada, pero envolvente con sus misteriosos laberintos). El séptimo y último libro, Faro de luna y sol (2002) le marca al poeta un punto de llegada. Ahora se detiene a reconsiderar sus andanzas y puede narrar, con entusiasmo, que arriesgó la vida en la construcción de una propuesta ética desde su experiencia estética y que sigue incólume recordando el pasado sin sobresaltos. Reconciliado con la vida y refugiado en la creación solitaria, el cantor se levanta como un faro permanente que matiza y relativiza la magia de la noche y el sueño de las sombras. La poesía debe ser forma y enseñanza de una existencia superior y eso incluye a la universidad en donde ha pasado casi la mitad de su vida. Pero como "no basta saber soñar", la palabra tiene que llegar a ser principio de la acción liberadora. A lo largo de toda la obra de Eduardo Gómez, encontramos una opción que (a pesar de tanta angustia y tanto fracaso) se inclina por la consolidación de la vida, mostrándola como única realidad, en la que la voluntad de los hombres puede lograr la superación de sus miserias. Su apuesta está alejada de metafísicas religiosas y falsas esperanzas en mundos supraterrestres. Todo lo quiere agotar en la experiencia de la naturaleza y de la historia, sin que ello suponga la negativa a desarrollar una estética (subjetiva), que es la que le permite definir su poética. En ella, el hombre es ubicado como lugar de confluencia de infinitas fuerzas, y el poeta, desde sus vertiginosas experiencias, busca proyectar un sujeto histórico que luche por desprenderse de los lineamientos represivos para instaurar una nueva subjetividad en la que el cuerpo logre recuperar su dimensión erótico-creadora. Luego de esta visión panorámica de la poética de Eduardo Gómez, podemos afirmar que su trabajo se ubica dentro de la poesía más profunda, depurada y seria, concebida en nuestro país. Su participación en la militancia política, en el estudio de la dramaturgia, en la lectura reposada de los clásicos literarios y filosóficos, y la permanente aventura en diversos escenarios, le han permitido crear una estética nutrida de profundas ensoñaciones poéticas que, sin duda, se inscriben dentro la poesía universal.
Poemas de EDUARDO GOMEZ
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