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BOGOTÁ

 

BOGOTA, 1982

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto que he de andar y desandar:
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.

María Mercedes Carranza

*************

VISIÓN


Aquí en Bogotá, en ese hotel de paso,
cerca de la estación de la sabana,
en la calle trece - viajeros -,
perdida en el espejo de un armario,
sin nombre apenas -como un destello -,
viene y desaparece...

En la estancia despierta y el ropero mudo,
la ausencia de un vestido blanco...
¡Blanca columna temblorosa!
- blanco paraíso que hoyaba
entre los susurros del miedo-
cuando éramos ella y él,
y yo traía por toda fortuna,
la joven alegría de un paquete de versos.

Todo esto evoca el aviso de neón
en la fachada sucia. La ventana, ahora
completamente abierta.
La desnudes de una blancura en un espejo.


Mario Rivero

**********

BOGOTÁ MÍA

1

Tras la ventana del hotel
me sonríe tu aguacero,
me abraza tu penumbra
Bogotá,
Bogotá lujuriosa,
borrosa Bogotá,
Bogotá bella,
oscilante como un ahorcado.
Bogotá siniestra como un callejón a media noche,
Bogotá del sol rojo,
luminosa como una muchacha de catorce años,
Bogotá mía.

2

De súbito mirando por la ventana de un hotel
me cala tu amor, Bogotá mía:
con el atardecer rojo en la vidriera de un inmenso edificio,
con tu sol rojo en la vidriera de un inmenso edificio,
con tu sol rojo de las cinco y media sobre las parejas del parque,
lejano, de visitante, de huésped,
me sé tuyo, Bogotá mía, azul y gris y roja.
Bogotá mía con los buces más hediondos del mundo,
ciudad de burócratas salvada por los urapanes.

3

En el silencio del dominio de abril
solamente conversa la ventana:
desde la madrugada sobre la luz brillante,
la ventana dice que el día esta tan luminoso
como para mirarlo a través de ella
y habla la ventana del viento
y el baile de los urapanes
y se asoma al espejo antes de que yo cierre la cortina
para seguir durmiendo.

4

mi fiesta de domingo,
mi santo silencio interrumpido apenas por poemas que digo en voz alta, mi domingo en la casa sin abrir la boca,
acaso apenas para el canto desafinado a la hora del baño,
recalentando sobras de la nevera sin oír en el teléfono la
llamada de algún desconocido
- bien saben respetar los amigos estos ritos-
mirando un rato la TV sin volumen,
oyendo un chopin que me regala el radio,
cerrando los ojos, en el silencio, completamente horizontal,
para pensar en nada,
mi domingo escribiendo las tres primeras fraces de una novela
de pronto olvidaré,
mi fiesta de domingo con sueño y buena mesa
y varios intentos de escribir un poema.
Mi fiesta de domingo para sobrevivir mañana.

5

la noche ha sido decretada.
Afuera el aguacero oscuro de las tres pe eme,
Adentro cortinas corridas, discreta luz y silencio.
El domingo en una fiesta de silencio, un delirio de silencio
En la penumbra.-

6

¿qué hacer con los domingos por la noche?
¿Dónde meterse en las noches de domingo?
desconectar el teléfono,
no mirar televisión ni comer pizza,
- los museos deberían abrirse por la noche -,
mandarse embalsamar,
dejar que el silencio transcurra todo el día y lleve el peso de la luz.
Detener el tiempo con Schumann,
Y con Schumann inaugurar la oscuridad.
La lluvia sería obligatoria todos Tos domingos por la noche
pero se trata de una lluvia que deja ver la luna:
la luna también sería obligatoria los domingos por las noches,
luna y viento frío
frutas y café con crema antes del sueño,
congelar el tiempo y devolverse a otras noches de domingo,
recorrer el laberinto de la única noche que son todas las
noches de domingo,
la noche sin esperas.


7

Noche de domingo,
helada y ventosa.
Ni un alma por la calle,
solo el ruido agitando de los árboles
anunciando la lluvia.
Arriba el cielo negro
Y todos en cerrados en sus casas.

8

El viento nos cuida, nos limpia, nos alumbra,
azul perfecto el cielo de las cinco,
el verde del cerro es el verde verdadero
y lujosamente el cielo es rojo y brilla sobre los ojos ladrillos.

9

Bogotá, seis de la tarde,
el cielo gris, el sol enrojeciendo los ladrillos,
abajo las luces de los autos decretan la noche
y Monserrate brilla casi rosado
unos pocos minutos
mientras asiste a la muerte del día.


10

Arriba el día azul y blanco,
luminoso
y en la calle la noche:
los cuerpos se pierden en la oscuridad,
oscuridad apenas rota por las luces de los carros.
Es de día en la parte alta de los edificios:
allí el sol, paralelo al suelo, se refleja en las ventanas
y el cielo es claro y luminoso,
azul como el manto de María;
el sol de mandarina le coquetea a Monserrate
y un poco mas al norte se asoma la luna color cítrico.
Es claro que la noche sale de las entrañas de la tierra,
repta por el piso oscuro
y luego sumerge el sol,
entre tinieblas lo hunde
- todavía el azul del cielo se resiste-
le saca sangre que tiñe los vidrios y los cerros.
Ya el negro de la calle es sólido,
La luna tímida se esconde
detrás de una nube casual
y cuando regresa
es ya de noche
y el cielo esta oscuro.

11

El llanto de las llantas en la lluvia,
brisa fría,
la luna tras los cerros de las tres de la mañana,
velada,
como la noche,
tenue, insomne y borrosa como la noche;


12

esta luz desastilla las cosas:
los tatuajes que la suerte marcó se borran a esta hora.
Nunca las profecías señalaron un plazo
Y todo da lo mismo.
Aire helado de mi amada Bogotá,
vivificante azul total
esperando rodar, rodar de nuevo.


13

Bogotá siempre con ganas de llover,
aun bajo el sol amenaza la lluvia o cae,
llovizna o aguacero, siempre a punto,
parte del paisaje,
ciudad de los paraguas.
Bogotá del cielo gris, cielo de mercurio opaco,
Bogotá de vuelo
De aire sucio purificado por la brizna.


Darío Jaramillo Agudelo

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BOGOTÁ
A Jorge Enrique Molina Mariño


Estoy a 2.600 metros sobre el nivel del mar.
Estoy exactamente a 2.650 metros sobre el nivel del mar.
Bogotá se extiende como un río de ojos blancos
hacia todos los puntos cardinales.
De un lado veo fabricas y largas chimeneas
que aruptan humo blanco, gris y negro.
Tras de mí la sabana se extiende tranquila
y se despereza con un bostezo verde,
por allá entre la niebla de oro solar crece el vértigo
entre millones de seres, entre millares de casas,
de arboles, oficinas, automóviles, y sueños de amor.
Y acá veo abultados, bajo los grandes cerros,
los pequeños rascacielos, las moradas
del dinero bien o mal habido, el desempleo facundo
donde el odio y la sonrisa hacen su agosto en octubre.
Veo la dulce y hosca ciudad de mis amores,
la soberana amada y mil veces poseída,
la agridulce y vasta serpiente dormida y despierta
que ha hecho de mí una escama de ella,
un trozo de sus múltiples pecados como una campana amarilla,
un fragmento de estrella e su metálica constelación,
una gota de lluvia de su soterrada tempestad,
un inefable capítulo de su inacabable novela irreal.
Y hoy piso su asfalto de lluvia desnuda
y respiro su aire que acaricia mi rostro
y vivo y poseo y abrazo y escupo y blasfemo
y me reconcilio con su garra de monstruo divino
y beso su huella de demonio cáustico
y lamo sus llagas de madre hechizaste y alada
y alabo su orilla, su cuenco, sus calles,
su prisa, sus pinos y sus eucaliptos, sus vanos lamentos,
y me hundo, bajo su universo de múltiples colores,
entre el pálido aliento del día y su loco alarido.

José Luis Díaz Granados


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BOGOTANA

Ciudad bajo la lluvia repentina
Fernando Linero


I

Ciudad siempre bañada por una lluvia súbita
Imborrable ciudad novia del aguacero
Prima del arco iris que nace entre la niebla

Luces y sombras bajo esta lluvia eterna
Luces y sombras húmedas
Arco del alma humana humedecid


II

Debajo de un paraguas se tirita
O se ora aveces
O a veces se maldice
Éste sabe quien entre la brumas
Aquél cómo se llama o dónde está
Todo bajo la lluvia repentina


III

Cerros que lanzan vaho de eucaliptos
Graves piedras fumando contra el cielo
No es posible estar solo no es posible no estar
Todo se multiplica y se recoge

Silencio:
es ahora el eco de la vida


IV

Silencio de un murmullo neblinoso
La vos de los que duermen escuchando
Correr por siempre el agua entre los sueños

De pronto la ciudad empieza a apagar luces
Y a encender el ronquido de sus maquinas
Y a abrir escuelas bares oficinas
Fábricas cementerios hospitales
Mercados bibliotecas y prostíbulos
Todo bajo la lluvia repentina

V

En la mañana fuiste aquel niño que ríe
Tarde de la noche el que canta enamorado
Al otro día un viejo bajo la lluvia súbita
Con toda la ciudad por reino en este mundo...

VI

Imborrable ciudad tras de una lluvia eterna
Ciudad ensimismada entre aguaceros súbitos
Los que saben tu idioma te saludan


Rafael Del Castillo

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EL CABALLERO DE LA CÁRRERA SÉPTIMA

Tal vez la vida sea sólo eso:
una larga y ruinosa calle
de andenes maltrechos,
de importunos vendedores y olores a frituras;
la larga carrera séptima
de la que hiciste tu vida
y en la que comentaste con perspicacia
-con esa singular agudeza tuya-
el acaecer de una nación deshecha,
tan deshecha como tu vida
que prometía grandes fortunas,
y doradas doncellas,
y relucientes diamantes,
en esplendorosos valles de esperanza.

Pero ya ves,
la vida es como esa carrera séptima
y aquellos días de esplendor que presentías
se vieron mancillados:
el alcohol,
y la risa de la criada de tu madre,
y uno que otro contrato
entre radioperiódicos y traducciones,
fue la respuesta
que la torva vida
diera a un galante muchacho,
fue la respuesta
que la torva vida
diera un galante muchacho,
a quien la tos y la misericordia
habrían de aguardar.


Fernando Herrera

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LAS CENIZAS DEL MIÉRCOLES

Ciudad higiénica y crepuscular lágrima hallada
cuanto diéramos el firmamento y yo para sanar
tu herida los dientes diéramos y hasta las penas
para aliviar tus falsos gozos (hay sangre en tus
paredes hay odio en tu mirada) míranos esta
noche y abandona tu letargo brujo contempla
el mar que no heredaste y ruega a su horizonte
por nosotros olvida el torpe ayer y reconquista
con besos sin besar el áspero mañana oídos
miopes narices sordas piernas mudas ojos inválidos
de amor no pueden modificar tus clásicas labores
hoy miércoles de ceniza vuelve a tu juego de azar
y arriesga un numero aventura un riego corrige
la velocidad de tus semáforos no es tarde aún para
recobrar la mansedumbre del crepúsculo y la quietud
del cielo sé tu propia urbanista y trazar el nuevo plano
con la tinta de tus más fieros desvaríos no cuentes
con el hombre vestido de árbol ni con la ley dormida
en sus laureles tus inquilinos viven atados con cadenas
de asfalto a los rieles de un tren que nunca va a pasar
libéralos ya y deja que te liberen ellos sabrán qué hacer
con tus dolores ¡los dolores! (hay un mendigo temblando
en tus portales el mismo que hace años peleaba
por España mendigando en París salvo que el tuyo es
viejo y lo asisten el frío y la soledad de todos los mendigos
que en el mundo pelean por sus huesos y un pedazo de pan)
duélenos menos ciudad procura ser reciente si te salvas
nos salvas si nos salvamos prometemos perpetuar tu nombre
después de las lluvias y desastres que para hoy anunciaron
los diarios y... este poema que termino a las tres de otra madrugada
sin nadie al lado a quien leerle -ciudad
higiénica y crepuscular lágrima hallada cuánto diéramos-

Alberto Rodríguez Tosca

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BOGOTÁ

Dura ciudad entre las dos montañas.
La niebla
Hace más real lo que sucede allá abajo.

José Emilio Pacheco

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YA LEJOS TE RECUERDO BOGOTÁ

Recuerdo que recordé el lugar
Donde me iban a matar.
Soñando muchos años antes
Y no era quien moría ese Cervantes.
Otro ser distinto era, otra persona
A la que habita hoy quien tal razona.
Cierro los ojos. Veo la cerrera donde mi destino esta.
Diciembre me lo mostrara en Bogotá.
Barrio colorado, si mi sangre en ti mezclada
Ya fue, ¿de nuevo encontré la nada
En tu polvo más real que esta sangría?
Bogotá, Bogotá, mi sangre es tan tuya como la mía.

Francisco Cervantes

 
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